
Ella lo miró a los ojos
con arrebol en su cara.
Él dibujó una sonrisa,
que la noche iluminaba,
mientras la estrella de Venus,
cómplice, a Apolo guiñaba.
Él le acarició el cabello
con ternura delicada.
Ella rozó su mejilla
con sus labios escarlatas.
No se dijeron requiebros,
pues sobraban las palabras.
Se entrelazaron sus manos,
se fundieron sus miradas.
Y Amor habitó sus
cuerpos,
nunca los abandonara.
Y el tiempo paró su rueda,
mientras los sueños volaban.
En la noche taciturna
de una primavera clara,
un beso rompió el silencio
bajo la florida acacia.
MjH