La carta I: Miguel
La carta II: Laura
La carta III: una llamada
La carta IV: un hallazgo inesperado
A Barcelona, ciudad donde volví a ver la luz
" Las
cartas no son más que un trozo de papel.
Aunque
se quemen, en el corazón siempre queda lo que tiene que quedar;
por
más que las guardes, lo que no tiene que quedar desaparece"1
(Haruki Murakami).
Faltaban dos días, cuatro horas y veinte minutos para que el avión rumbo a Barcelona despegase del Aeropuerto de Orly y, aunque ya había tenido la cautela de analizar los pros y los contras de ese anhelado, y al mismo tiempo, temido viaje y la decisión había sido tomada, no pudo evitar que una inquietud perturbadora la invadiera una vez terminada la gestión de la compra. ¡Quería verlo! ¡Necesitaba verlo! Eso era incuestionable. Sabía que no podría seguir avanzando en la vida sin ese reencuentro con Miguel, sin mantener cara a cara una conversación, sin comprobar si los sentimientos que la embargaban eran reales o sólo obedecían a una idealización extrema, que el tiempo y sus propios fracasos de pareja se habían encargado de sublimar, convirtiendo ese amor en todo un ídolo de barro. Tenía que saber perentoriamente si Miguel continuaba siendo el hombre de sus sueños. Sin embargo, y, pese a la categórica convicción de que el encuentro debía tener lugar, era incapaz de dominar ese desconcertante desasosiego, que, como un alfiler agudo, no cejaba en su empeño de aguijonearla con mayor o menor intensidad. Algo de temor le provocaba reencontrarse con él, y eso no podía negárselo por más que buscara miles de excusas.
Inmersa en sus pensamientos, se sentó en la vieja
mecedora de su madre, cogió el bloc de notas, que descansaba sobre la mesa, y
se puso a revisar las frases escritas en las dos columnas verticales,
perfectamente compartimentadas, donde, días atrás, recogiera en una lista, como
venía siendo costumbre desde su niñez, las ventajas y desventajas de ese
encuentro. Ahora necesitaba convencerse de que la elección era la adecuada.
Necesitaba no dejar ningún resquicio para la duda.
-Ya ves, abuela, cuánto peso han tenido tus
enseñanzas. Aquí me tienes de nuevo con el lápiz y el papel y ante un nuevo
desafío -expresó en voz alta, como si su destinataria pudiera oírla.
- Laura, tú,
escucha, escucha…, sé que vas a aplaudir mi plan y que te va a gustar. Ya está
todo programado. Voy a reservar mesa para esa noche en algún restaurante de la
Villa Olímpica, cerca del mar, para que te reencuentres con el Mediterráneo y
podamos conversar tranquilamente, oliendo a mar y al son de la cadenciosa
melodía de su murmullo, como en los viejos tiempos. Tenemos mucho que
contarnos.
Las dos amigas prorrumpen en una sonora
carcajada, que las protege bajo un palio de contento, convirtiendo el
presente en un antídoto eficaz contra la desesperanza. Mientras, la noche se va
derramando con suavidad sobre las ocres aristas hirientes de huérfanas ramas de
los árboles, que orillan las aceras del Paseo. En pos de su estela, los sueños
se agazapan sigilosamente en las sombrías esquinas de ventanas y balcones,
acechando el momento oportuno para vivir.
Nota7. Salvador Espriú, poeta catalán del siglo
Nota8. Surco. A Salvador Espriu (2014), de Frederic Amat, una obra excavada en la tierra con un surco de 17 metros de largo en forma de obelisco, realizado en hormigón y rodeado de césped. La idea le surgió al autor por la proximidad del obelisco instalado en la vecina plaza de Juan Carlos I —parte integrante anteriormente de un monumento dedicado a la República—, al pensar la huella que dejaría el obelisco tras su caída al suelo. El monumento está dedicado a Salvador Espriu, en el centenario de su nacimiento.
Nota9. Brilla, dentro del único/ conocimiento del negro/ el oro de mi sueño, haikus del libro de poemas Per al llibre de Salms d’aquests vells cecs, publicado en 1967.
Era lunes, un plomizo y tedioso lunes de setiembre, un día más, pero no
era un día cualquiera. Laura acababa de comprar el billete de avión que la
llevaría de regreso a España y que le abriría la puerta a su ansiado
reencuentro con Miguel.
Faltaban dos días, cuatro horas y veinte minutos para que el avión rumbo a Barcelona despegase del Aeropuerto de Orly y, aunque ya había tenido la cautela de analizar los pros y los contras de ese anhelado, y al mismo tiempo, temido viaje y la decisión había sido tomada, no pudo evitar que una inquietud perturbadora la invadiera una vez terminada la gestión de la compra. ¡Quería verlo! ¡Necesitaba verlo! Eso era incuestionable. Sabía que no podría seguir avanzando en la vida sin ese reencuentro con Miguel, sin mantener cara a cara una conversación, sin comprobar si los sentimientos que la embargaban eran reales o sólo obedecían a una idealización extrema, que el tiempo y sus propios fracasos de pareja se habían encargado de sublimar, convirtiendo ese amor en todo un ídolo de barro. Tenía que saber perentoriamente si Miguel continuaba siendo el hombre de sus sueños. Sin embargo, y, pese a la categórica convicción de que el encuentro debía tener lugar, era incapaz de dominar ese desconcertante desasosiego, que, como un alfiler agudo, no cejaba en su empeño de aguijonearla con mayor o menor intensidad. Algo de temor le provocaba reencontrarse con él, y eso no podía negárselo por más que buscara miles de excusas.
Ignoraba qué clase de hombre sería hoy, pese a que
el contacto de los últimos tiempos apuntaba a la misma persona de su juventud,
mucho más experta, más curtida y más locuaz. Pero la inquietaba la reacción de
ambos cuando se vieran frente a frente. Treinta años de total alejamiento eran
muchos años. Y el tiempo deja rastros indelebles. Con todo, lo que realmente
atenazaba su espíritu no era otra cosa que perder el control ante su presencia,
porque Miguel, su Miguel de juventud, ni era libre ni lo sería. Las
circunstancias de su vida actual así lo indicaban. No obstante, habían
sobrepasado con creces la etapa de adultos y se les suponía con la suficiente
experiencia para saber cómo moverse en arenas movedizas. Aun así, temía que el
remedio fuera peor que la enfermedad. ¿Tendría fortaleza para hacerle frente a
las consecuencias?
Había sido educada en un sistema de
libertad, donde primaba la lealtad por encima del engaño, donde los triángulos
amorosos quedaban muy lejos de su horizonte personal y ético. Para ella una
relación amorosa era cosa de dos. No cabía nadie más. Una relación tenía que
abrir barreras hacia la libertad, en ningún modo levantarlas y, por supuesto,
solventar problemas y no crearlos. Jamás salió con nadie emparejado y jamás lo
haría, ni siquiera tratándose de Miguel. Nunca fue la otra y nunca lo sería. Lo
tenía todo a su favor para no caer en la tentación de dar cualquier paso en
falso, cualquier paso que la llevara a una situación irreversible. Era
consciente de que debía andar en ese encuentro con pies de plomo, pero no las
tenía todas consigo. Le preocupaba sobremanera flaquear y acabar encadenada
para siempre, igual que un galeote, a la galera de lo prohibido.
Fue la abuela María, maestra rural y convencida
seguidora de las ideas de la Montessori2, la que le inculcó, ya
desde pequeña, la obligación de decidir libremente, por sí misma, y de
responsabilizarse de las consecuencias, positivas o negativas, que proviniesen
de la elección llevada a cabo. Creía firmemente que la independencia era el
primer puntal para la libertad. Por tanto, consideraba de suma importancia
guiar las primeras manifestaciones activas de sus alumnos y de sus nietos con
actividades que las fomentasen.


Su abuela, ¡qué ser más entrañable y qué mujer
más adelantada a su tiempo! ¡Una gran pedagoga!-pensó, sintiéndose orgullosa de
que hubiera llevado a la práctica, en un medio y en una época tan
desfavorables, una pedagogía que en el sistema educativo actual tanto se
valoraba. Como Montessori, su abuela confiaba con fe ciega en la educación
integral y en la necesidad de que el alumno fuera madurando ya desde corta
edad, aprendiendo a tomar sus propias decisiones para asumir con
responsabilidad los resultados de sus actos. Y así les fue imbuyendo a ella y a
su hermano esos principios, con el fin de que pudieran convertirse, sobre todo,
en personas capaces de gobernar su propia vida. Por eso, cuando, apenas
cumplidos los siete años, se presentó un día en su casa hecha un mar de dudas,
porque no tenía claro si comprar o no un regalo para una amiga ante su próximo
cumpleaños y la fiesta anunciada, a la que ignoraba si sería invitada, la
abuela María comprendió al instante su estado de tribulación y le alargó una cuartilla
y un lápiz, y la invitó a reflexionar y a escribir los motivos por los que
creía que debía o no hacerlo. Después la instó a leerlo y a tomar la
determinación oportuna. Cuando leyó lo escrito y decidió comprarlo sin
importarle el beneficio o perjuicio de su acción, la abuela añadió:
- Te salga bien o te salga mal, tendrás que
arrostrar las consecuencias de tu decisión, Laura. Tú has de ser libre para
dirigir el timón de tu vida, pero tomes el rumbo que tomes, en buena o mala
dirección, siempre será tu responsabilidad. Tuya y de nadie más. No lo olvides
nunca- le dijo con autoridad.
Nunca lo olvidó y, siempre que se enfrentaba a
una decisión trascendente, cogía una cuartilla, tomaba un bolígrafo y se ponía
a recoger por escrito los pros y los contras, tal y como le enseñara la abuela.
Lo mismo hizo, cuando a sus 18 años, sintió en lo más íntimo la necesidad de
declararse a Miguel. Aun sabiendo que el hecho estaría mal visto en un ambiente
pueblerino y retrógrado, culminó la empresa. Bien era cierto que había salido
malparada, pero también era verdad que tuvo la fortaleza necesaria y las
agallas suficientes para afrontar todo el sufrimiento devenido sin que su vida
se hubiera desmoronado del todo. Ella ya había pagado un alto precio por su
osadía, pero había salido airosa. Y aquí se hallaba ahora, como una mujer
nueva, a punto de plantarle cara a aquel ayer perdido, conocedora de lo que
estaba en juego y con sobrada capacidad para asumir el riesgo.
Instintivamente miró hacia la estantería, en la
que aparecían dispersas y perfectamente enmarcadas varias fotografías, en un
intento de localizar la cara familiar. Allí, en su santuario de manes, como
solía llamar a aquel rincón, se exponían los rostros de sus seres queridos,
ejerciendo la divina misión de proteger su hogar y avivar materialmente su
recuerdo. Pronto la descubrió en su foto favorita. La había tomado su padre en
el parque del pueblo con su vieja polaroid justo al lado del árbol del amor.
Delante de las flores rosas y acorazonadas, que ornaban su copa, destacaba la
figura completamente enlutada de una señora sexagenaria, escoltada por dos
pequeñajos, su hermano y ella. Su estampa, estilizada y elegante, no hacía sino
reflejar la grandeza de un espíritu afable, abierto, fuerte y generoso, que traspasaba
la pupila penetrante de unos ojos grandes y almendrados, profundamente negros,
tan negros como el traje camisero que vestía, casi un hábito, desde que
falleciera el abuelo.
Volvió sus ojos al bloc y detuvo su mirada
en unas palabras marcadas en rojo. Era un motivo inexcusable por el que aquel
encuentro tenía que llevarse a cabo forzosamente: “Nos lo debe el
destino”, razón más que suficiente para desbancar todos los contras de la
lista. “Nos los debe el destino”-se repetía una y otra vez de
manera incansable-. “Nos lo debe el destino”.
Dejó la libreta en la mesita, colocó sobre ella muy cuidadosamente el bolígrafo, se levantó y se dirigió segura y resuelta al dormitorio. Cogió una escalera, que guardaba en uno de los huecos del armario, la desplegó, subió los peldaños y abrió las puertas superiores de aquel enorme armatoste. En el altillo, bien ordenadas, se hallaban varias maletas. Estuvo sopesando durante unos segundos cuál sería la adecuada. Eligió la mediana. Descendió de la escalera, apartó la colcha de la cama y la dejó caer sobre ella. Ahora le tocaba la ardua tarea de decidir qué llevarse. En principio pasaría un mes en España. La primera semana estaría en Barcelona. Su amiga Nuria la había invitado a su casa y le había concertado una cita con el responsable del equipo de traducción de la editorial en la que ella trabajaba. Era el primer paso para acercarse a su familia, como le prometiera a su querida madre en el lecho de muerte.
Dejó la libreta en la mesita, colocó sobre ella muy cuidadosamente el bolígrafo, se levantó y se dirigió segura y resuelta al dormitorio. Cogió una escalera, que guardaba en uno de los huecos del armario, la desplegó, subió los peldaños y abrió las puertas superiores de aquel enorme armatoste. En el altillo, bien ordenadas, se hallaban varias maletas. Estuvo sopesando durante unos segundos cuál sería la adecuada. Eligió la mediana. Descendió de la escalera, apartó la colcha de la cama y la dejó caer sobre ella. Ahora le tocaba la ardua tarea de decidir qué llevarse. En principio pasaría un mes en España. La primera semana estaría en Barcelona. Su amiga Nuria la había invitado a su casa y le había concertado una cita con el responsable del equipo de traducción de la editorial en la que ella trabajaba. Era el primer paso para acercarse a su familia, como le prometiera a su querida madre en el lecho de muerte.
Sin pensárselo dos veces y, para evitar cargar con más equipaje de
la cuenta, llamó a Nuria.
-Digui'm – resonó la voz de su amiga al otro lado
del auricular.
-Nuria, soy yo, Laura.
-¿Qué tal, cariño? ¿Vendrás pronto? ¿Has
sacado ya el billete? ¿Cuándo nos veremos?- le lanzó la batería de
preguntas sin apenas respirar.
- Bien, Nuria. Sí. Acabo de comprarlo. Ya lo
tengo en mis manos. Llegaré el miércoles sobre las 21:30 horas. Eso sí, si no
sale el vuelo con retraso- la advirtió.
-¡Estupendo! A esa hora me tendrás esperándote
como un reloj- aseveró su amiga con contundencia.
-No, no hace falta que vayas a recogerme. Tomaré
un taxi y me iré directa a tu casa- aseguró en el mismo tono.
-Cariño, ya sabes lo inflexible que soy para
estas cosas. Te pongas como te pongas, te recogeré yo y de allí nos iremos
directamente a cenar. No te esfuerces en disuadirme. Ya está decidido.
- Pues no voy a ser yo quien te lleve la
contraria, que ya nos conocemos y sé cómo te las gastas-añadió burlonamente.
- Claro que lo aplaudo. Me gusta, y mucho. Una
buena ocurrencia, Nuria. Hace ya más de un año que no he vuelto a sentir su
aroma. Me va a venir de perlas un poco de relax. El mar me ayudará a serenarme.
¡Falta me va a hacer!-exclamó con ganas.
-¿Tan estresada te encuentras?-preguntó su
amiga-. Si es por la entrevista, no te preocupes. Te has metido a Balaguer en
el bolsillo. Conoce al dedillo todos tus trabajos de traducción y es un
entusiasta de tu forma de hacer. Tu labor con la novela de Juanjo Millás le ha
encantado. ¡Lo tienes subyugadito, hija!
-No, Laura, no es por la reunión. No me preocupa
demasiado, aunque me gustaría poder trabajar con vosotros. El proyecto me tiene
muy ilusionada. Es por Miguel. Sabe que voy a Barcelona y quiere verme. Yo
también lo deseo, pero me asaltan viejos temores.
Por unos segundos, el silencio se convirtió en
protagonista absoluto de la escena, desplegando un manto de
confidencialidad y misterio.
-Laura- la apeló la amiga en tono íntimo.
-Dime, Nuria.
- ¿Todavía andamos con esas? ¿No has
aclarado aún tus sentimientos?-le preguntó sin andarse con rodeos.
- Sí, Nuria, todavía andamos con esas. Y no, no
los tengo claros. Esto es lo malo y lo que me inquieta. Hay días en que pienso que lo mejor
es olvidarme de una vez de Miguel, pero otros…, otros siento que lo sigo amando
como antes, como si se hubiese detenido el tiempo en nuestros años de juventud.
Tengo una sensación rara…, como una adolescente en su primera cita. Estoy igual
de boba, créeme, en una segunda edad del pavo, Nuria.
Nuria lanzó una sonora carcajada, mientras Laura
seguía revelando sus sentimientos.
-Sí, tú ríete, ríete, pero así es como me siento,
en la edad del pavo… y totalmente arrobada. Hasta creo que me ruborizo.
Últimamente estoy ahorrando mucho en colorete- afirmó también entre risas-. Es
inaudito, Nuria. He vuelto a revivir aquellos momentos de felicidad absoluta,
donde todo era posible… ¡todo! No sé cómo reaccionaré cuando lo tenga delante,
no lo sé. Hemos intimado más de lo que yo hubiese querido. Mucho más- añadió
suspirando-. Pero quiero verlo, quiero verlo, aunque sea lo último que
haga en mi vida. No estoy dispuesta a estrangular más este deseo. Ya,
no-aseveró con total convicción.
- Ya, ya veo. Lo tuyo no tiene remedio, Laura.
Pero ten en cuenta que nada será ahora como pudo haber sido. Lo tienes claro,
¿verdad, cariño? Mira que no me fío de ti. No quiero que salgas de este
encuentro con nuevas heridas. Te estimo demasiado y me resisto a verte de nuevo
hundida emocionalmente.
- Nuria, no te preocupes por eso. Antes estaba
perdida, desorientada. Ahora, no. Sé lo que hay y sé lo que quiero. Ya no habrá
heridas que curar.
- Esperemos que no- deseó su amiga.
- Tranquila, Nuria. Confío en ello. Cuando
empezamos a comunicarnos, tuve muchos recelos y luché conmigo misma para
eludir los temas más espinosos de nuestro pasado, ¿sabes? Me resistí con todas
mis fuerzas a traspasar la delgada línea roja, pero me habló de la carta, de la
carta en la que me declaré, ¿recuerdas?, y acabé traspasándola. Muy a mi
pesar…, pero la traspasé. Y es que él nunca supo de su existencia hasta hace
apenas unos meses. ¿Te lo puedes creer? Siempre pensó que yo no lo amaba y que
me vine a París para evitar decírselo. ¡Es incomprensible, Nuria! Nos hemos
pasado los años huyendo uno del otro, jugando al ratón y al gato, y pensando
todo lo contrario de lo que sentíamos. ¿Ves, amiga, las trapisondas que nos
puede jugar el destino?
- Ya, Laura… Esta puñetera vida…, que se va
tejiendo con una cadena de casualidades imprevisibles…, pero con vosotros dos,
amiga, con vosotros dos, esas casualidades han rizado el rizo. Os jugaron una
mala pasada. ¡Menuda putada! El destino ha sido un auténtico cabronazo… ¡Un
cabronazo! Habéis sido peleles en sus manos y en las de vuestra propia
inseguridad. ¡Con lo fácil que pudo haber sido entonces si hubieseis hablado!
- Sí, sí…, ¡claro! Hemos perdido toda una vida y
no la recuperaremos. Pero éramos unos críos, demasiado inseguros y demasiado
perdidos. Compréndelo. Y por medio estaba el orgullo, el suyo y el mío, y
los prejuicios y las inseguridades… Una batalla con muchos enemigos. Y la
perdimos. Pero en estos momentos, si de algo estoy segura es de que deseo verlo
sin más. Y lo deseo ardientemente. Necesito verlo, Nuria. Lo necesito.- repitió
con ímpetu.
- Pues, adelante, cariño, pero no te metas
en la boca del lobo. Miguel es un hombre de valores y principios y tú lo sabes.
No en vano me has dicho muchas veces que eso te enamoró de él. Muchas veces. Haz lo imposible para que no te salpique demasiado lo que
hagas. No quiero que salgas como gato escaldado y vuelvas otra vez a paralizar
tu vida- le aconsejó.
- Ya, ya. Si lo sé y en ello estoy…, pero…
es demasiado fuerte esta necesidad, Nuria. ¡Demasiado fuerte! Puede con mi
razón. Ya no voy a permitirme ser tan cruel conmigo misma. Al menos ahora sé el
terreno que piso. No habrá ninguna sorpresa ni ningún malentendido. Ha llegado
el momento en que me enfrente a la verdad- aseveró con mucha intensidad, como
intentado convencerse.
-¿Has quedado ya con él?
- Todavía, no. Sabe que iré esta semana y quiere
que almorcemos juntos. Luego le escribiré a ver si es posible que nos encontremos
el jueves. ¿Ves, Nuria?, pienso en ese encuentro y ya vuelvo a inquietarme.
Como siga así, voy a tener que sedarme y te lo digo muy en serio- afirmó
taxativamente.
-Pues, nada, te tomas una tila, o dos o tres o
las que hagan falta… y te lanzas a la lidia con el ánimo aplacado. No te va a
faltar faena… Aunque nosotras somos mujeres muy baqueteadas y podemos con
todo- manifestó entre risas.
-Gracia por el consejo, guapa. Lo seguiré. En
realidad, mi llamada es para algo más trivial. Estoy preparando la maleta y,
como está la climatología tan cambiante, no quiero ir cargada con ropa
innecesaria. Ya me conoces. Empiezo a meter prendas por si esto o por si lo
otro, que al final no sirven sino para estorbar.
- Que si te conozco… ¿qué me vas a contar? Nunca
olvidaré el paseo por Berlín cargando las dos con aquellas maletas
mastodónticas en plan estibador. Llevábamos ropa para todas las estaciones del
año e íbamos a pasar allí una semana. ¡Buenos bíceps se nos pusieron!- exclamó
sin dejar de reírse.
- Pues sí, pero lo pasamos muy bien en Berlín con
la carga a cuestas y todo. ¡Qué tiempos! Bueno, Nuria, antes de que nos
dispersemos, a lo que iba, ¿cómo anda el clima por ahí? ¿Necesitaré prendas
veraniegas?- preguntó con mucho interés.
- Hace un tiempo nada otoñal. Echa
algo de verano, porque durante el día sigue haciendo calor. Ya sabes…, como
comentamos siempre, varias capas. Hay que salir con varias capas para
encebollarte y “desencebollarte” cuando la situación lo exija- adujo sin parar
de reír-. Y un biquini, que aún podremos aprovechar algún día de playa.
-Ya veo… Con esa imagen tan plástica acabas de
despejar mis dudas- afirmó, riéndose también-. Te escribo si surge algún
imprevisto.
- Laura, que no se te olvide que la cita la
tienes el jueves a las 10, en la sede del Grupo Editorial, en la Avenida de la
Diagonal. Ya te pasaré la dirección por guasap. Yo no podré acompañarte. Tengo
la reunión con Paul Auster3 y su editor a esa misma hora en el Majestic. ¿Te
dije que queremos traducir su obra al catalán?
- Sí, me lo dijiste. ¿Todavía no habéis
cerrado el contrato?
- Está a punto de cerrarse. Quedan flecos
sueltos. Perfilaremos algunos detalles y en breve tendremos a nuestro admiradísimo autor estadounidense entre nosotros.
-¡Cuánto me gustaría poder conocerlo! Soy
una apasionada de su obra, de toda su obra, pero, sobre todo, de El libro de
las ilusiones4. Me ayudó bastante su lectura. Estoy en deuda con él.
- Sí, claro. La repentina muerte de tu padre fue
un trago que nos costó digerir a todos los que lo quisimos. Y tú, cariño,
cargaste con la peor parte. Pero a nosotras siempre nos quedan los libros.
Ellos nos han ayudado a superar los baches. Somos así, hija, unas fanáticas de
lo nuestro. Nuestro trabajo es nuestra terapia. Tenemos esa suerte- apostilló-.
Si terminas con tiempo de la reunión, pásate por allí y te lo presento.
-Ya veremos. De todas formas he pensado irme
andando a cualquier restaurante del Paseo de Gracia. En alguno de ellos quedaré
con Miguel. Seguramente en La taberna del cura. Cerca de allí tiene su
consulta. Será un buen lugar para vernos. Además, a mí me gustan mucho los
lugares de culto-aseveró jocosamente-. Siento admiración por ellos, ya lo
sabes.
- Me consta, me consta. Pero, no te pases con el
albariño a la hora de consagrar, vaya a mermar tu resistencia y te me pierdas
con el “amén”-la previno sin parar de reír.
- ¡Qué cosas tienes, Nuria! Ese día beberé con
moderación, para evitar males mayores. Bueno, guapa, que no te entretengo más.
Te llamo si surge algún imprevisto. Besitos.
- Vale. Quedamos en eso. Y más para ti. Adeu.
Nuria Toméu era más que una amiga la hermana que
nunca tuvo. Alta, delgada, nervuda y enérgica, gozaba de una belleza moderna y
espectacular. Catalana de pura cepa y perteneciente a una familia de larga
tradición en el mundo editorial, se conocieron el primer día de clase.
Coincidieron en La Sorbonne ante el tablón de anuncios, en el que se indicaban
las aulas correspondientes a cada materia de la carrera. Un intercambio de
pareceres bastó para que surgiera entre ellas una gran empatía. Desde entonces,
su camino fue paralelo y compartieron aula, viajes, inquietudes y sentimientos.
Las dos se ayudaron a sobrellevar ausencias. Se hallaba sola en París en una
residencia para universitarios. Pronto fue una más entre los suyos. El piso
familiar del Barrio Latino se convirtió en su hogar. Nuria le dio todo el
cariño y apoyo que necesitó en aquellos momentos aciagos de su primer año en la
universidad, en los que aún esperaba noticias de Miguel. Fue su paño de
lágrimas. Conocía al dedillo todos los pormenores de la infeliz relación y la
escuchaba y protegía con un cariño auténticamente fraternal. Más tarde, las circunstancias
laborales las separaron. Una en París, otra en Barcelona, pero ambas
disfrutando del mismo trabajo y de una sincera amistad, que había sobrevivido a
todos los embates de sus existencias.
El boeing 737 de la Compañía Iberia despegó a
tiempo. En menos de dos horas estaría aterrizando en el Aeropuerto de El Prat.
Aunque había volado en muchas ocasiones a lo largo de su vida, Laura
seguía teniéndole mucho respeto a los aviones. Por esta razón, varios días
antes de emprender cualquier viaje por aire, se preparaba mentalmente para
controlar su nerviosismo y poder mantener la calma durante el trayecto. Era
algo así como la vela de armas de los caballeros andantes antes de ser armados caballeros, salvo que a ella le aportaba la serenidad suficiente para
acometer la empresa, potenciándola minutos antes del embarque con buenas
pócimas de cerveza. Su efecto la ayudaba a evadirse momentáneamente de la
realidad ¡Buen brebaje el de la cebada malteada para erradicar la fobia!- se
decía. Le resultaba chocante que una exigua cantidad de alcohol llegara a ser
tan excelente paliativo. Nunca la bebía, porque realmente no le gustaba nada la
cerveza, excepto para subirse a un avión. Se había convertido ya en todo un
ritual. No acertaba a discernir si le tenía más miedo a volar o a montar
un “melendi”, víctima de un ataque descontrolado de pánico. La cerveza la
llevaba a evadirse de la situación y a emprender el viaje con una
despreocupación absoluta. Ayudada por su efecto, desplegaba las alas a la par
que la aeronave y disfrutaba a tope de los beneficios del vuelo. Desde la
ventanilla, le gustaba contemplar la trasformación que sufrían las ciudades
cuando el avión remontaba. A pesar de la mala prensa de los asientos de
ventanilla, ella los prefería. Ver cómo Paris iba convirtiéndose en una ciudad
en miniatura cada vez más pequeña y lejana, al tiempo que su espacio se
agrandaba, aumentaba su adrenalina.
Una vez que el comandante dio por
finalizada la maniobra de despegue, Laura se puso los auriculares y se sumergió
lentamente en el mundo fascinante de la música de Chopin.
Al tiempo que el aparato iba
taladrando las espumosas masas de algodones nubosos, la mente de Laura se
evadía del entorno y se refugiaba en las regiones misteriosas del pensamiento,
de las que fue rescatando a retazos los momentos más significativos de sus
últimos cuatro meses de contacto con Miguel.
Las notas armoniosas y lánguidas de los
nocturnos añadían un toque romántico y embriagador a su remembranza. Cerró los
ojos y fue bebiéndose sorbo a sorbo el contenido de cada palabra, de cada
línea, de cada frase, de cada párrafo, recuperados de entre los muchos mensajes
intercambiados y las largas conversaciones telefónicas, en los que ambos habían
ido, poco a poco, abriendo su interior.
No dejaba de asombrarle su llamada, su
primera llamada, tan inesperada. Sobre todo le maravillaba que la hubiera
realizado justo en el momento en el que ella misma había determinado acercarse
a él. Le parecía un juego caprichoso del azar, un juego más. Volver a oír su
voz, volver a acariciarla tras tantos años de separación forzada, la había estremecido con igual fuerza que antaño la estremeciera su presencia cuando,
por algún lugar del pueblo, sus largas y flacuchas piernas asomaban tímidamente
y su mirada, profunda y soñadora, la buscaba.
Después llegó la conversación formal,
conforme a las reglas más estrictas y protocolarias del código social. Un
pésame y una puesta al día de lo más externo de sus vidas fueron ayudando a
romper el hielo. Y seguían llegando y saliendo oleadas de mensajes que, como
maná caído del cielo, alimentaban su hambruna de años de abstinencia y
aportaban datos y más datos del recorrido de uno y otro por la amplia
geografía del tiempo. De esta forma, sin camisas de fuerza ni trotes
desbocados, fueron recobrando a pequeñas porciones todos los años transcurridos
en la gélida distancia, volviendo a tocar de nuevo las voces de su interior
para acabar adueñándose gota a gota del pulso de unas sombras sordas y lejanas,
que el tiempo inmisericorde había desdibujado. Y retomaron la relación
personal, que se fue fabricando como los gusanos fabrican sus doradas
crisálidas, hilo a hilo, sin prisas, aunque sin demoras, llenando, como dos
viejos amigos, de confidencias sus palabras.
Supo, sin intermediarios, de su matrimonio y de
su paternidad. Tres hijos le daban sentido a su vida, una vida que atravesaba
una dramática coyuntura como lastre de un accidente de tráfico, que había
provocado la inmovilidad del pequeño y su propia incapacidad para seguir
ejerciendo su verdadera vocación, la de cirujano. Nada le dijo de su
responsabilidad familiar, pero ella conocía bien a Miguel tanto como para saber
que era un hombre de valores y por encima de todo, estaba el amor a sus hijos.
No en vano la había enamorado el ser como era. A ella le costaba hablarle de
sus fracasos matrimoniales, pero lo hizo. Sólo el mutismo acerca de la
auténtica relación con la esposa cargaba de oscuridad sus confesiones. Y
Laura no acertaba a interpretarlo. Y no quiso preguntar. Conociendo a Miguel,
el respeto a su compañera podía ser la causa, pero tampoco dejaba de presumir
que pudiera existir algo más. No obstante, se prometió a sí misma no abrir la
espita de la bomba con preguntas sobre aspectos tan delicados. No quería hurgar
y provocar una explosión. Podría arrasar con toda la relación recuperada y se
resistía a tirarla por la borda si daba un paso en falso.
Pero un día llegó el mensaje
revelador. Como una puerta intangible, construida en frío mármol, se abrió de
golpe a la verdad, dejando al descubierto todo el infortunio de su pasado.
Convertida en estatua de estupor, se quedó
paralizada ante su particular Sodoma y un cóctel de emociones encontradas
escaló su cuerpo, se agarró con ganchos afilados a su pecho y confundió sus
sentidos. ¡La había amado! Miguel, su Miguel, la había amado... Sus ojos no
daban crédito a lo que leía. Tanto nadar por las turbias aguas del sufrir,
tanto vagar por secos y áridos desiertos, tanto esfuerzo baldío en excavar
trincheras de alejamiento, tanta castración emocional, tanta dolorida ausencia
y tanta soledad entonces, ahora ya no estaban justificados. ¡Ahora perdían todo
su sentido mientras el sufrimiento se desbordaba! ¡Cuánto desvarío! ¡Cuánta
adversidad! Y los hados jugando en su contra.
Tomar consciencia de que su amor había sido
y era correspondido volvía a reconciliarla momentáneamente con el destino, con
ese fatal destino, raptor desaprensivo de su fortuna. Quiso gritar, pero su
grito quedó atrapado entre los filamentos de un alma maltrecha. Quiso
escribirle, pero sus dedos no respondían. Quiso llamarlo, pero su voz había
quedado muda. “Tengo que meditar. No puedo cometer más errores”.
Durante breves momentos, barajó la
posibilidad de no entrar al trapo y quitarle hierro al asunto, esgrimiendo
algún que otro pretexto, con el que justificar aquel amor juvenil como algo
pasajero y volátil. Todo ello, lo que fuera necesario, para mantener intacta la
sutil brizna de amistad, que había entrado en su vida de improviso, rellenando
levemente la oquedad de la ausencia. Sin embargo, la desechó de inmediato. Ya
no estaba dispuesta a esconder por más tiempo sus sentimientos. “No más
camuflajes”- se ordenó con energía-. Y apostó por la sinceridad para acabar
abriéndole un corazón, el suyo, parapetado con fuertes murallas de mentiras y
falsos olvidos, que ella se había encargado de levantar concienzudamente
lágrima a lágrima, decepción a decepción, contención a contención, y silencio a
silencio, ¡demasiado silencio!
“Leí tu carta. Con treinta años de demora,
pero la leí. Aquel mismo día yo también te escribí otra, declarándote mi amor.
En los mismos términos en los que lo hiciste tú. Laura. Era la misma carta, con
igual contenido. Sólo cambiaban los nombres ¿Por qué no te la entregué?- te
preguntarás. La destruí en la clase del Ogro. Fui un cobarde y te perdí, porque
yo también te amaba. Desde que hallé la tuya en mi viejo diccionario, he
comprendido tu reacción de entonces, tu huida a París, tu alejamiento. Lo he
comprendido todo. Compréndeme tú también a mí. Los dos nos hemos sentido rotos
y despechados. Dos almas gemelas, a las que separó la fatalidad. ¡Qué mala
pasada nos jugó el destino, Laura! Porque yo nunca te he podido olvidar. Me
reafirmo en aquellas breves palabras de entonces, porque no he dejado de
quererte. Nunca he dejado de quererte, aunque haya seguido el curso de la vida
sin ti, Laura”.
Esa revelación fue la clave para seguir
desnudando a fondo sus almas, donde los entresijos más recónditos quedaron al
descubierto sin dobleces ni barreras, provocando una eclosión de confesiones
continuas. Y, aunque las lágrimas de impotencia regaron aquellos días calurosos
de verano, también ayudaron a despejar la bruma de su pasado sin dejar de
alisar incluso el pliegue más escondido de su interior en torno a una historia,
su historia, en la que ellos dos y, sólo ellos dos, se habían convertido en
protagonistas absolutos de la tragedia con un enemigo común, la cruel
fatalidad. El mismo enemigo que acechó y se ensañó con Píramo y Tisbe, con
Helena y Paris, con Abelardo y Eloísa, con Calixto y Melibea, con Romeo y
Julieta… había salido a su paso, bifurcando su camino. Y si sus cuerpos, a
duras penas, habían sobrevivido a la catástrofe, las heridas habían marcado sus
vidas.
A partir de ese momento, toda una catarata
de revelaciones se fue vertiendo y las palabras, antes atoradas en sus
gargantas, brotaban ahora sin freno y arrojaban luz sobre la penumbra de
su desencuentro.
Y llegó por fin el correo definitivo en el que se
proponía la cita: “Vienes a España o voy yo a Francia. Tengo una
necesidad imperiosa de verte”.
Un nuevo desafío tenía por delante y una
nueva decisión, que roía sus entrañas, al tiempo que la estremecía. Dudaba si
ir o no ir. No sabía si conformarse con lo mucho que habían recuperado o saltar
la muralla y aceptar lo que la vida les regalara. No lo sabía, pero optó por
aceptar el reto. Ya no cabían más sacrificios. Con temores o sin ellos, iría.
No iba a ponerle más candados al deseo.
*********************************
La mañana en Barcelona se levantó radiante y
translúcida. Laura contempló desde la terraza del ático de Nuria, ubicado en la
céntrica Plaza de Cataluña, las serenas aguas del Mediterráneo, que pintaban de
azul celeste toda el aura que coronaba la ciudad.
Acababa de regresar de la editorial. La
entrevista de trabajo había sido un éxito. Se notaba que el señor Balaguer la
había citado exclusivamente para conocerla. Desde el primer momento, tuvo la
impresión de que su contrato se había decidido desde hacía tiempo, porque la
reunión tuvo poco de formal. Se desarrolló como una
tertulia de colegas, en la que, tras intercambiar algunas opiniones sobre la
situación actual del mundo editorial, se le comunicó personalmente cuál
sería su cometido. Se encargaría de traducir al catalán la nueva colección de
novelistas del Realismo francés, que se iba a lanzar al mercado. En principio,
dos eran las obras seleccionadas: Rojo y negro de Stendhal y Madame Bovary de
Gustave Flaubert5. Más tarde y dependiendo de la acogida que tuviera, estaba
previsto ampliar la colección. Pretendían editarlas en menos de un año, para la
festividad de Sant Jordi, aprovechando el tirón de ventas de la fiesta del
libro. Ella aceptó el plazo y las condiciones, bastante flexibles, de la oferta.
No estaría obligada a vivir en Barcelona, lo que le permitiría mantener su
trabajo en París y poder pasar temporadas, junto a su familia, en el Sur.
Únicamente habría de acudir a las reuniones trimestrales y a alguna que otra
extraordinaria, que requiriera de su presencia. Con las nuevas tecnologías, se
mantendrían los contactos. Esto le daba una libertad de movimiento muy
apreciable. Sin lugar a dudas, la suerte se estaba poniendo de su lado.
Miró el reloj y, a pesar de que quedaban aún dos
horas para su cita, se cambió con rapidez de ropa y se puso algo más cómodo que
el atuendo formal que vestía. Quería que Miguel la viera en su cotidianeidad,
natural, en toda la extensión de su persona, sin alharacas ni afeites, que
distorsionaran su auténtico yo. Se calzó unas sandalias con poco tacón, porque
acudiría a la cita caminando tranquilamente, como una turista más, por el Paseo
de Gracia hasta los Jardines de Salvador Espriú. Así podría saborear con
fruición la belleza arquitectónica de las casas modernistas, que se alzaban a
lo largo del trayecto y que tanto la apasionaban.
Antes de marcharse, se miró por última vez en el
espejo, se colocó con mimo algunos mechones rebeldes de su ondulada melena y
contempló su reflejo en el cristal, asegurándose de la imagen que iba a
mostrarse ante Miguel. Encerrada en el largo rectángulo de cristal se reflejaba
una mujer madura, que irradiaba seguridad y entusiasmo, y vitalidad, mucha
vitalidad. Echó un último vistazo al espejo, sonrió satisfecha y
emprendió la marcha hacia la salida.
Una vez en la plaza, giró hacia la izquierda y
tomó la dirección hacia el Paseo de Gracia. Le encantaba pasear por aquella
amplia y, a la par, acogedora avenida. Era su visita obligada cada vez que
visitaba Barcelona. De ella, en contra de lo que cabría esperar de una mujer
femenina y coqueta, no la atraían las exquisitas y carísimas boutiques de lujo
de reconocidas firmas internacionales, desplegadas en los bajos de los edificios
y reclamo para turistas con pedigrí. Era algo más profundo lo que escondía la
avenida. Algo misterioso e inefable, que la había conquistado desde la primera
vez en que la pisó. Escalarla trecho a trecho, degustando todo aquel entramado
de magnífica belleza, de luz, de formas, de color, de aroma, de percepciones
tan gratificantes para todos los sentidos, era como ir subiendo uno a uno los
peldaños de la escalera de Jacob hasta alcanzar el cielo, hacia el que caminaba
ahora. Su espíritu iba engrandeciéndose por momentos a medida que avanzaba y
también su confianza. Ya sólo le faltaba encontrarse con Miguel para poder
coronar la cima.
Cuando atravesaba la Gran Vía de Las Cortes
Catalanas, la suave brisa, que bajaba del Tibidabo, acarició su rostro,
contagiándolo de toda su pureza. Laura abrió su pecho, dejándoles paso a tan
frescos y confortantes soplos, respirando una y otra vez el aire cosmopolita y
abierto de una ciudad tan prodigiosa. En ese trazado de vías, tan
armoniosamente delineadas, su ánimo se colmaba de arte, de historia, de
equilibrio, de trascendencia y, sobre todo, de libertad.
Al llegar a la altura del Hotel Majestic, pensó
en Nuria. En ese momento estaría conversando con Paul Auster. Sintió algo de
envidia sana; no obstante, la alternativa que le esperaba a ella la compensaba
con creces. Los muros de aquel lujoso inmueble acogían hoy a uno de los grandes
literatos del panorama mundial. Eran los mismos muros que en otro tiempo
albergaran, en circunstancias adversas, al poeta sevillano Antonio Machado6
durante sus últimos meses en la ciudad, antes de emprender la salida hacia el exilio
aquel crudo y duro invierno del 39. Laura no pudo evitar conmoverse al evocar
la imagen de un Machado anciano, enfermo y cansado, vencido en su salud y en
sus ideas, arrojado sin piedad a un penoso éxodo lejos de su tierra, lejos de
su gente y lejos de su amada doña Guiomar, su amor maduro, más soñado que
vivido. "¡Auster y Machado, Machado y Auster, dejando su nota de esencias
literarias e impregnando el bello palacete de emoción y de historia!" Se
detuvo un momento ante la regia entrada, protegida por un portero, vestido de
librea y con alto sombrero de copa, que ponía una nota de distinción y de
elegancia, en palpable contraste con el atuendo descuidado, informal y urbano
de los transeúntes que no dejaban de ocupar la acera. Intentaba leer la placa,
que lucía en sus paredes en recuerdo del poeta sevillano. No pudo. Una
pareja madura de turistas se bajó de un taxi y, precedidos de un botones y de
su equipaje, se dirigió deprisa hacia la espectacular puerta de acceso.
Laura estuvo en un tris de chocar ellos. Se apartó para dejarles paso y buscó
amparo bajo la copa de un plátano, protegiéndose de un sol, que empezaba a
mostrar sus garras. Allí, lejos del agobio del tránsito continuo de viandantes,
le escribió un mensaje a su amiga:
“Nuria, estoy en la puerta del Majestic. Paso de
largo. Me espera mi destino. Luego te cuento”.
Siguió avanzando, disfrutando de las
espectaculares mansiones, que se levantaban a lo largo del recorrido. Al pasar
por La Pedrera, esquivó una nueva marea humana. Marchaba toda en bloque sin
romper filas y a ritmo marcial detrás de un colorido paraguas, como si en ello
les fuera la vida y sin dejar de disparar sus cámaras. Lo mismo que soldados
alineados en plena batalla, apuntaban e inmortalizaban el ornamento anárquico de
formas onduladas, que conferían a la fachada un aire de movimiento marino, con
la que se mimetizaba en su vaivén.
Continuó su marcha y en poco tiempo llegó a la
altura de Els Jardinets. Se detuvo delante del nuevo monumento dedicado a la
figura de Salvador Espriu7, a quien admiraba y con el que le unían lazos
afectivo-literarios desde sus jóvenes años universitarios. Fue el primer
escritor catalán que tradujo al castellano y eso no se olvidaba fácilmente,
porque su obra había cavado en ella un profundo surco8, tan profundo como el
que hoy se abría en su honor en esos jardines. Se puso a escudriñar
minuciosamente aquella hendidura negra y alargada, que penetraba en la tierra.
Sabía por la prensa que se había inaugurado recientemente y que, en uno de los
laterales de aquella concavidad oscura, rodeada del césped de la esperanza, se
mostraba una placa con un poema del autor del Cementeri de Sinera. Trató de
localizar el lugar y lo encontró. Allí, en un lateral, pudo leerlo: “Brilla,
dins l'únic/ coneixement del negre,/ l'or del meu somni”9. Echó un vistazo
al frente buscando la casa en la que pasó el escritor gran parte de su
vida. Victoriosa ante los insistentes intentos de demolición, se alzaba altiva,
sosteniéndose con elegancia y poderío sobre el mármol nacarado de sus hercúleas
columnas y elevándose místicamente a las alturas a través de una torre10, rematada
con agujas afiladas, en un intento de alcanzar la gloria. Examinó con total embeleso la elegante belleza
de su fachada. Dentro, imaginaba a Espriu sentado en el escritorio de una
de alguna de sus suntuosas habitaciones, derramando sobre el papel los
sentimientos más hondos de su espíritu y escribiendo sobre Teresa11, aquella
mujer que vio truncada su vida y frustrado su amor, y que bajaba maquinalmente
las escaleras, como una muerta en vida, con la mirada ciega ante las emociones,
cerrando su corazón a cualquier sentimiento. Como Teresa, también ella había
deambulado durante mucho tiempo inconscientemente, como una zombi, descendiendo
las escaleras hacia las puertas del infierno, sin llegar a traspasarlas. Sin
embargo, en este momento ya no las baja; en este momento, las está subiendo con
plena consciencia, siendo dueña de sus pasos y de su destino, esperando con
júbilo su sueño de oro, con la confianza de que ningún negro nubarrón amenazará
con descargar y destruirlo.
Miró de nuevo la hora. Aún quedaban minutos para
el encuentro. Embriagada por la paz y la belleza de aquella
plaza, se sentó en un banco cercano a la fuente y decidió esperar
allí a Miguel. Le avisaría para que supiera el lugar exacto dónde hallarla. De
nuevo, él se le adelantó. Una vez más los misteriosos lazos de la telepatía los
encadenaban.
En los Jardines de Salvador Espriú. En un banco.
Junto a la fuente.
En 15 minutos estoy contigo. Tengo enormes deseos
de verte
Y yo. Te espero.
Desde ese lugar privilegiado, contemplaba
la arteria de lujo de la ciudad, que se constreñía en la zona, como un embudo,
y venía a confluir al Barrio de Gracia, abriendo sus brazos a la bohemia y al
encanto de unas calles pintorescas, estrechas y populares. Desde allí,
también ampliaba su campo de visión para poder abarcar con la vista todos los
caminos por los que podría aparecer Miguel y que lo conducirían
inexorablemente hasta ella.
Clavó su mirada en el flujo incesante de
peatones, que ascendía y descendía por la avenida. Los minutos de espera
comenzaban a ser interminables y la inquietud también. Consultaba una y otra
vez el reloj y volvía sus ojos hacia el gentío, buscando con insolente avaricia
a Miguel, buscándolo con la misma necesidad que lo buscaba en las calles, en
las plazas, en el parque, en el colegio, en cualquier lugar de su pueblo.
Le parece entrever entre la multitud unas
piernas largas y flacuchas, tremendamente familiares. Son las de Miguel, no hay
duda; el intenso bombeo de su corazón lo atestigua. Sobre ellas se alza el
cuerpo que la enloqueciera y aquella mirada profunda y soñadora que la
hipnotizara. No hay ya rizos negros; el tiempo destructor no ha dejado de hacer
su trabajo, pero su esencia sigue inalterable, la misma esencia que un día
cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera secuestró para siempre su
corazón de niña. Y, como si una avalancha de lava enardeciera sus entrañas,
vuelve a sentir los mismos turbulentos y, a la par, apaciguadores temblores de
juventud, que, como cadenas invisibles, van arrastrándola hacia él.
Miguel la ve y se detiene. La mira y se
recrea en la contemplación y le sonríe y avanza presuroso a su encuentro. Laura
también se detiene y lo mira y se recrea en lo que ve y le sonríe. Se miran una
y otra vez y se contemplan inmensamente, y sus miradas se hieren de felicidad.
Y corre hacia él al ritmo que le va marcando su corazón. Un corazón, en el que
sólo habita un ferviente anhelo de tenerlo entre sus brazos. Un anhelo que se
va ensanchando a medida que disminuye la distancia. Ya no hay desasosiego ni
inquietud que la perturben. Ya no hay pasado dañino ni futuro temido, sólo un
presente prometedor. Los dos se buscan y los dos se encuentran y acaban
fundidos en un beso infinito, ajenos al bullicio que los rodea, ajenos a la
vida que corre por las calles, ajenos al mundo circundante, que se va
desvaneciendo paulatinamente. Ellos dos, únicamente ellos dos, bajo la cálida
luz de un cálido sol de setiembre, que, desde su cénit, los envuelve con sus
rayos. Lo demás ya no importa. No importa nada.
La tenue claridad vespertina penetra por la
ociosa ventana de la estancia, donde dos cuerpos, anclados en una generosa
entrega, se hablan y van llenando el vacío de largos años de silencio, amándose
con una pasión arrebatadora, de la única forma en la que saben querer los
niños, sin reservas ni armaduras, como si sólo existiera el presente. Y en ese
oasis de plenitud van tejiendo un recuerdo imperecedero.
-Laura, nosotros hemos nacido para amarnos- le
susurra Miguel al oído.
-Sí, Miguel. Nacimos para amarnos- le dice
mientras lo acaricia con la mirada.
-No sé cómo voy a poder soportar ahora un solo
segundo de mi vida sin tenerte a mi lado. No lo sé.
Laura lo mira y calla.
- Eres la única mujer a la que he amado, y tú lo
sabes, ¿verdad? Has sido y serás mi único amor- le confiesa sin dejar de
mirarla a los ojos.
-Sí, lo sé, porque también lo siento así y porque
te siento, Miguel. Pase lo que pase, yo te querré siempre.
-Y yo, amor mío, aunque no pueda compartir mi
vida contigo, aunque, muy a mi pesar, no pueda. Pero, óyeme bien, nunca
te pediré lo que tú no quieras darme. ¡Nunca!
-Ni yo te pediré lo que tú no me puedas
dar.
Y siguen explorando cada rincón de sus cuerpos
reconociéndose, como si lo conocieran desde siempre sin haberse conocido nunca.
Y nada les resulta extraño, ni siquiera las intrusas notas acompasadas e
impertinentes de una melodía tan querida como inoportuna, que irrumpen en la
alcoba saqueando con sus sones la magia del instante. La guitarra de Knopfler no deja de oírse, cada vez con mayor insistencia.
-Tengo que cogerlo, Laura. Tengo que
cogerlo.
Laura asiente con la mirada. Sabe que ha llegado
el momento de la despedida, una despedida que no va a hacerse esperar.
-Debo marcharme. Mi hijo me necesita. Lo
comprendes, ¿verdad, amor mío?- le pregunta, mientras la abraza con todas sus
ganas.
- Lo comprendo, Miguel. Lo comprendo-, le
responde. No lo hagas esperar.
- ¿Nos veremos mañana?
Laura no responde, pero se cobija en su regazo. Y
se abrazan y se besan con una fuerza tan brutal como si estuviera próximo el
fin del mundo y no hubiera lugar para el mañana, contaminando el aire de un
amor eterno, de una felicidad eterna, de una impotencia eterna, de una
resignación eterna.
Un “luego te llamo” queda apagado por el ruido
sordo y estremecedor de la puerta al cerrarse. Laura sufre una atroz sacudida
que, cual picadura de víbora, le envenena el alma. Eurídice vencida, se hunde
en las más negras tinieblas del Hades. Pero ella no espera a un Orfeo
libertador, que vaya a rescatarla con su canto seductor de Carontes y
Proserpinas, porque no habrá salvadores, ni cítaras ni liras ni cantos de
sirena, que puedan liberarla. Sólo ella tiene las llaves de su destino. Ella, sólo ella, tendrá que elegir y la vida de Miguel ya no le
pertenece. Sabe muy bien que unas breves horas en un cuarto impersonal de
un impersonal hotel, perdido en algún lugar del mundo, es demasiado poco para
un amor tan grande. Jamás aceptará migajas cuando pudo haberlo
tenido todo y jamás podría perdonarse provocarle a Miguel más dolor. Y es
consciente, odiosamente consciente, de que ninguno de los dos ha nacido para
convertir algo sublime en mezquino, ni para dañarse ni para entorpecerse ni
para apagar con egoísmos la llama de un amor excelso. Ella lo sabe muy bien.
Los dos lo saben y los dos lucharán por no aceptar un papel, que acabaría
destruyendo un bien, al que no todos los mortales tienen acceso. Aunque vacilen,
aunque les cueste, han de alejarse de nuevo. Han de hacerlo. El precio es alto,
pero el don no tiene límite. Se aman y esos lazos no habrá ya fuerza en el
destino para destruirlos. Han recibido su recompensa. Han recibido mucho
más de lo que en toda su vida pudieran haber imaginado. Y este inesperado
regalo, que la vida les ha dado, es más que suficiente para poder abordar el
futuro con esperanza, porque ahora sí han tejido un pasado inolvidable,
que los alumbrará para siempre, un pasado, que siempre les pertenecerá
y hará más llevadero su paraíso perdido. Nada ni nadie podrán jamás
arrebatarles ese amor vivido. Ellos lo saben muy bien. Sin embargo, una lágrima
rebelde, sorda a su razón, parece ignorarlo y se desliza mansamente por su mejilla. Se la enjuga como puede con la sábana, que aún conserva el aroma de Miguel. Es el
mismo aroma que destilan sus carnes, sus fibras, sus venas, su alma…
-No se puede ser tan feliz sin pagar un precio-
se dice. Y lo vivido hoy tiene su precio y no me importa pagarlo.
Se incorpora con ímpetu, se coloca con las manos
el cabello, coge el bolso y se dirige con determinación a la salida. Antes de
traspasar el umbral, enciende el móvil y regresa de súbito a la cruda realidad.
Los continuos mensajes de Nuria no cesan de ocupar la pantalla. La llama de
inmediato.
- ¿Sigues viva, cariño?- le pregunta la amiga.
-Nuria, sigo más viva que nunca- manifiesta
con fuerza.
- Ya me estabas empezando a preocupar.
- Pues ya ves que no hay motivo. ¿Tienes
algún compromiso para cenar?
- No. Te esperaba a ti.
- Entonces, quedamos en uno de los restaurantes
de la manzana de la discordia12, ¿te parece bien?
-Sí. Me parece bien. Allí nos vemos.
-La primera que llegue que elija el sitio.
-Vale.
La luz crepuscular pone un matiz melancólico en
el filo de la tarde. Escoltado en su huida por nimbos violáceos y cárdenos, el
sol se aleja con presteza buscando su refugio en el Tibidabo, tras cederle el
cetro a los rayos de artificio, que, tímidamente y en constante parpadeo, comienzan a reinar en la ciudad. Laura camina firme, a solas, pero no en
soledad. Un continuo ir y venir de turistas sigue pisando el asfalto, ya
mortecino, del Paseo de Gracia. Cámara en mano, captan con su objetivo el
paisaje urbano, bañado ahora por el brillo misterioso del ocaso. Sin embargo, a
ella ya no le interesa el entorno. La cautivan los recuerdos y la enorme dicha
que bulle en su interior.
En la terraza de un restaurante, cerca de la casa
Batlló, avista a su amiga, que se levanta al verla para recibirla con los
brazos abiertos, como si regresara de una larga e intrépida aventura y la
interroga con la mirada.
-Todo muy bien, Nuria.
- No tienes que jurármelo. Nunca vi ese brillo en
tus ojos.
- Nunca he sido tan feliz.
- ¿Os volveréis a ver?
- ¿Me ves capaz de soportar más despedidas? No las
soportaría, Nuria. Ya me conoces... No las soportaría.
-No, Laura, no las soportarías. Pero… ¿y mañana?
- ¿Mañana? Mañana queda demasiado lejos. Vivamos
ahora el presente, Nuria, vivamos el presente, que es lo único que nos
pertenece.
Desde una terraza próxima, la brisa
mediterránea les trae, enredada en sus ondas, la voz callejera de un dúo
ambulante, que, acompañado por el sonido armónico de un viejo acordeón, entona
melosamente un popular bolero de Los Panchos. Al tiempo que el camarero atiende
a su amiga, Laura se deja seducir por la melodía e interioriza y repite con
énfasis todas las palabras, que salen de las jóvenes gargantas: “alma para
conquistarte, corazón para quererte y vida…
-La que tú ya no tienes para vivirla junto a mí-
añade, musitando entre dientes, con cierta tristeza.
Nuria se le acerca con la copa en alto en
un amago de brindis. Laura levanta la suya y brindan.
- ¡Por la vida, Laura, que nunca deja de
sorprendernos!
- ¡Por la vida, Nuria! Y ¡por el presente,
que sí es nuestro!
- ¡Por el presente! ¡Por el presente toujours!
- ¡Toujours por el presente! Y por
los amores eternos, que son los más breves. ¡Qué razón tenía Benedetti13! ¡Qué
razón tenía, Nuria!
- Bueno, bueno…, tampoco exageremos, cariño.
Benedetti al fin y al cabo era un poeta y los poetas no dejan de ser unos
farsantes, los mayores farsantes de la historia. Y cambian de opinión, pues,
qué te diría yo, ¿cada dos segundos?
- O cada uno…, pero ¡benditos farsantes!
Brindemos también por ellos, Nuria, brindemos por esos farsantes y por sus
trucos y por sus tretas y por sus engaños y por sus fantasías…,
para que sigan embaucándonos eternamente y nos hagan vibrar y nos ayuden con
sus falacias a vivir lo que la realidad nos niega. ¡Por ellos!, que nunca nos
fallarán.
- ¡Eh!, ¡eh! ¡Alto ahí! Para el carro, que nos
veo venir, Laura. Como siga el verdejo haciendo su efecto, vamos a terminar
brindando por Snoupy.
- Pues, ¡por Snoupy!, para que no se nos moleste…
Nota1. De la novela Tokio blues de Haruki Murakami.
Nota2. María Montessori (31 de agosto de 1870 - 6 de mayo de 1952), fue
una educadora, científica, médica, psiquiatra, filósofa, psicóloga, devota
católica, feminista, y humanista italiana italina, creadora del método
Montessori.
Nota3. Paul Auster, escritos, traductor, guionista y director de cine,nacido
en Newark, Nueva Jersey, 1947, es uno de los escritores más influyentes
del panorama mundial. Autor de La trilogía de Nueva York, publicó en
1989, El palacio de cristal, novela con la que consiguió la consagración
internacional.
Nota4. Novela de Paul Auster, publicada en 2003.
Nota5. Novelas respresentativas del Realismo francés, cuyos autores, Gustave
Flaubert y Sthendal, publicaron en 1830 y en 1856 respectivamente.
Nota6. Antonio Machado, escritor español (Sevilla, 1975- Colliure,
1939)<<Antonio Machado en los años de la Guerra civil>>, en Ensayos y recuerdos, Laia, Barcelona, 1980, págs. 9-48.
Nota8. Surco. A Salvador Espriu (2014), de Frederic Amat, una obra excavada en la tierra con un surco de 17 metros de largo en forma de obelisco, realizado en hormigón y rodeado de césped. La idea le surgió al autor por la proximidad del obelisco instalado en la vecina plaza de Juan Carlos I —parte integrante anteriormente de un monumento dedicado a la República—, al pensar la huella que dejaría el obelisco tras su caída al suelo. El monumento está dedicado a Salvador Espriu, en el centenario de su nacimiento.
Nota9. Brilla, dentro del único/ conocimiento del negro/ el oro de mi sueño, haikus del libro de poemas Per al llibre de Salms d’aquests vells cecs, publicado en 1967.
Nota10. Casa Fuster, obra realizada de uno
de los grandes arquitectos
modernistas de principios del siglo XX, Lluís Domènech i Montaner,
por encargo del abogado Marià Fuster.
Nota11. Personaje del relato Tereseta que baixava les escales.
Nota11. Personaje del relato Tereseta que baixava les escales.
Nota12. Manzana de la discordia es el
nombre que recibe un tramo del Paseo de Gracia del Ensanche de Barcelona situado
entre las calles de Aragón y
Consejo de Ciento. Se trata de un conjunto de cinco edificios: la Casa Lleó Morera de Lluís Domènech
i Montaner, la Casa Mulleras de Enric Sagnier, la Casa Bonet de Marcel·lià Coquillat,
la Casa Amatller de Josep Puig i Cadafalch y la Casa Batlló de Antoni Gaudí. Si bien todas son de reconocidos
arquitectos del modernismo catalán,
el apelativo popular de «manzana de la discordia» se refería principalmente a
la rivalidad profesional entre Domènech i Montaner, Puig i Cadafalch y Antoni
Gaudí.
Nota13. Mario Benedetti, escritor uruguayo (Paso de los Toros, 1920 -
Montevideo, 2009) “Es de ley/ los amores eternos/ son los más breves”.