… y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
León Felipe
Oyó pasos por
el corredor. Suaves y cadenciosos pasos que se aproximaban. Aguzó el oído. Cada
vez estaban más cerca. Se sobresaltó. Podrían ser los de su madre. Sí, sería su
madre. Se tranquilizó momentáneamente. Y siguió atenta a aquel sonido que le
robaba silencio a la noche ¿Su madre a estas horas? Imposible. No acostumbraba
ella a deambular por la casa de madrugada. Y tenía que ser temprano, muy temprano. Se sentía cansada. Le
faltaban horas de sueño. Seguro que aún no había amanecido. Se alarmó. ¿Quién
podría ser? Los pasos se dirigían
inequívocamente hacia su habitación. El corazón empezó a latirle con mayor
intensidad. Como un resorte se incorporó en la cama y controló la única puerta
de acceso a su santuario. No le gustaban las sorpresas. Empezó a sudar. Y los
pasos seguían acercándose. ¿Será una pesadilla? Se prometió no leer nunca más
relatos de terror ni ver películas de miedo. La de anoche la había sobrecogido.
Tuvo que taparse los ojos ¿Y si fuera un asesino? ¿Y si fuera el alma errante
de algún difunto? ¿Y si fuera un fantasma? Sentía el corazón a punto de estallarle. Temblaba. Apenas pudo
frotarse los ojos con la palma de su mano derecha. Pero aclaró algo su vista a la espera de la
imprevista aparición. Entonces vio cómo la hoja de la puerta iba abriéndose
poco a poco, muy despacio, a ritmo de vals. Quiso gritar, pero el grito se
ahogó en su garganta. Abrió mucho los ojos y ante su vista se mostró la imagen
de una mujer.
- ¡Mamá! -pudo
exclamar al fin-. ¡Me has asustado! Creí que era un fantasma.
- Sí, sí, un
fantasma. El fantasma de las sábanas blancas -dijo su madre esbozando una
burlona sonrisa-. Venga, venga… Menos
fantasía y más acción. Hay que levantarse. La escuela te espera.
Se acercó, le
dio un beso y le indicó dónde se encontraban
el uniforme, el abrigo, la bufanda y sus botas. Aquellas botitas de piel
con cordones, hechas a mano para cada invierno por el zapatero del pueblo. El
calzado fino con su pelotita de goma como regalo se reservaba exclusivamente
para los domingos y fiestas de guardar.
- Y esta
noche, nada de tele ni de cuentos, que luego tienes pesadillas - le advirtió en
ese tono sereno, cariñoso y dulce, muy dulce, que sólo su madre sabía dar a las
frases, incluso cuando le regañaba.
Se quedó sola
y pensativa. Su madre tenía razón. Esas
historias la alteraban. No había dormido bien. Posiblemente habría
tenido pesadillas. Sin embargo, no recordaba nada. Absolutamente nada y no
tenía tiempo para recordar. Debía frenar su interés desmedido por todo lo que
sonase a irreal. Tenía que hacerlo. Le iba a costar. Le atraía demasiado lo
misterioso.
Se aseó de
prisa y se vistió con la misma rapidez. Bajó las escaleras de dos en dos y se
plantó en la cocina en un santiamén. Estaban todos desayunando, menos su padre.
Estaría ya en el hospital. Se bebió de un trago su cola-cao y envolvió el
mollete en un papel de estraza. Se lo comería en el recreo. Su madre la repasó con
la mirada y le colocó en orden el flequillo.
- Tus hermanas
te esperan en el zaguán. Date prisa y abrígate bien, que hace un frío que pela -
le dijo. Y prosiguió con sus tareas domésticas.
Se abrochó el
abrigo hasta el último botón, se caló el gorro hasta las orejas, y se envolvió
el cuello en su bufanda-manta. Los guantes para el final. Primero, el
izquierdo; después, una vez localizada su maleta escolar, colocó en su interior
la merienda matinal, vistió su mano derecha, y cargó con el equipaje de trabajo.
¡Cómo pesaba! Tendría que aligerarla.
Allí estaban
sus hermanas, totalmente envueltas en prendas de abrigo. La mayor la cogió con
fuerza de la mano. Era su guardiana protectora. La habían cargado con esa
responsabilidad. Ella la asumía y la cumplía al pie de la letra. Las tres
partieron camino del colegio. Al salir, reconoció que su madre tenía razón una
vez más. ¡Hacía un frío del demonio! Todas las sierras que rodeaban el pueblo
estaban nevadas. Si ha nevado, habrá charcos congelados -pensó alborozada. Se
soltó al instante de su hermana. Miró al suelo. Y los descubrió. ¡Un charco
helado! Saltó sobre él con fuerza
arrolladora. Brincó una y otra vez. No dejó de hacerlo hasta romper la pátina
cristalizada. El frescor que llegó a sus rodillas le confirmó que la misión
estaba cumplida. Se fue directa hacia el segundo. No pudo realizar la tarea.
Jesusito el gordo, su amiguito de juegos y compañero de colegio, se le había adelantado
y con sólo un pisotón hizo añicos la capa de hielo. Se sintió frustrada. Y en
un descuido de aquél, corrió como una exhalación hasta el tercero. No pudo
culminar su obra. Una mano conocida la agarró cuando estaba a punto de iniciar
su empresa.
- Vamos
rápido, que es tarde - le ordenó su hermana mientras saludaba a todas las chicas
que se iban agregando al cuerpo de la procesión escolar.
Emprendió el camino
hasta el colegio algo mohína. Su enfado empezó a diluirse al encontrar a cada
paso a amigas y compañeras. El grupo iba
aumentando a medida que se agotaba el recorrido. Las conversaciones a varias
bandas eran copiosas. La algarabía de la comunidad escolar atraía la atención
de los viandantes. Los saludos a los conocidos no cesaban.
- Buenos días
nos dé Dios, capullitos de alhelíes, rositas de pitiminí, clavelitos mañaneros…-
les deseó un convecino al que por su querencia a este tipo de apelativos se le
conocía en todo el pueblo como Manolito el Pamplinoso.
Una vez en el
colegio, su responsable hermana la condujo a la misma puerta de la clase.
- Luego te
veo en el recreo. Que te portes bien -le rogó con su habitual ternura no exenta
de autoridad.
-Vale, vale -afirmó
suspirando de alivio.
Sería un
segundo de libertad. Un segundo solamente, pues desde el mismo momento en que
traspasase el umbral de la puerta, quedaría bajo la custodia de Sor Ángela. Su
hermana acababa de pasarle el testigo. Le costaba entender tanta protección.
Total, si ella no pensaba ni descalabrarse ni escaparse. Odiaba las heridas
y amaba ese lugar y esas gentes. No
tenía pensado coger una maleta y un cojín y partir hacia lo desconocido. Su
hermano lo hizo una vez y no le gustó. A los diez minutos ya estaba de vuelta. ¿Por
qué habría de gustarle a ella?
Se dirigió a
su sitio y fue desparramando sobre el pupitre el contenido de su maleta. Aún no
había comenzado la clase. Andaba la monja distraída en entretenida conversación
con un grupo de mayores que la rodeaban. Debían de tratar de un tema muy
gracioso. Por lo menos a la hermana se lo parecía. Pues se reía la sor a
mandíbula batiente, enseñando un diente dorado y brillante que a los ojos de la
niña la hacía sobrenatural. Los reflejos desprendidos la obnubilaban. Semejaban
a los que irradiaba el ojo de Dios de su libro. ¡Sor Ángela es un ser
celestial! ¿Dormirá en el cielo? Y
siguió sacando objetos. Un plumier, una libreta, su enciclopedia…Unas palabras
que procedían de alguna de sus compañeras
la devolvieron a la realidad. Dejó todos sus enseres sin ordenar y se
acercó con presteza al grupo. Las chicas cuchicheaban con cara de miedo.
- ¿De qué
habláis? - les preguntó, metiendo su cabeza en el centro del corrillo, al tiempo que rodeaba con su brazo la espalda de Eloísa.
- De un
fantasma.
- ¿De un
fantasma de película?
- No, no. De
un fantasma de verdad.
- ¿De un
fantasma de verdad? Eso no puede ser. Mi mamá dice que los fantasmas no existen
-aseveró con contundencia.
- Pues este
fantasma existe. Mi padrino lo ha visto. Y mi padrino nunca miente. Existe. Está
aquí en nuestro pueblo. Y siempre sale por la misma calle - confirmó Eloísa,
afianzando sus argumentos-. Existe. Lo han visto muchas personas. Mi vecina
María La Vinagre también lo ha visto. Lleva una sábana blanca con agujeros en
los ojos y una extraña luz en la cabeza.
- ¿En una
calle del pueblo vive un fantasma? Pues yo nunca he visto un fantasma en
ninguna calle -manifestó con rotunda seguridad.
- Pues claro
que no lo has visto, so tonta. Aparece por la noche. A partir de las doce. Y a
esa hora sólo salen los mayores -apuntilló victoriosa Eloísa.
- ¿Y por
dónde…?
La niña no
pudo finalizar su pregunta. Unas palmadas acompañadas de un silencio absoluto
atrajeron su atención. Todas se volvieron mirando al frente. La monja profesora
había decidido poner fin a los corrillos y dar por acabadas las charlas.
- Venga, a vuestros
pupitres. Empezamos la clase. ¡Todas a vuestro sitio! No os hagáis las remolonas. Venga. Vamos a
empezar la clase. Recemos.
- Dios te
salve, María…
Mientras
rezaban a coro la oración rutinaria, la niña movía los labios y juntaba sus
manitas con un aire entre devoto y ensimismado. Cualquiera que la observara podría
pensar que era una Santa Teresa de Jesús
en miniatura a punto de alcanzar el
éxtasis. Pero su cabeza no andaba en el cielo. Tampoco su corazón. Una estaba
ansiosa de conocer por dónde transitaba ese fantasma. El otro palpitaba a un
ritmo más acelerado de lo normal. ¡Un fantasma en el pueblo! Tan cerca… ¿Por
qué en su pueblo? ¿Qué lo habrá traído aquí? ¿Qué pretenderá? Era incapaz de
centrarse en la explicación de su maestra. La miraba sí, pero su mente se
perdía en otras tareas. Quería que el tiempo corriese con la velocidad de un
rayo. Quería que llegase ya la hora del recreo. Quería saber exactamente por
dónde se movía ese convecino espectral. No pasaría nunca por esa calle. Podría
existir, podría pasearse por el pueblo…, pero si ella evitaba su territorio,
estaría a salvo. Siempre habría otras opciones y otros atajos para llegar a cualquier
destino. Esa sería su estrategia para librarse de él. Y sonrió satisfecha de su
ocurrencia.
Pasó la
mañana esperando que el timbre anunciase el anhelado parón matinal. El tiempo
se le hacía eterno, pero acabó sonando.Por fin sonó. Guardó de prisa todo el
material en el cajón del pupitre y corrió al encuentro de Eloísa.
- El fantasma,
el fantasma ese, ¿por dónde se aparece? -preguntó jadeando-. ¿Por dónde?
- Un momento.
Espera que coja mi comida.
Recordó que
con las prisas se había olvidado de la suya. Pero le daba igual. Antes había
que alimentar el espíritu que el cuerpo. ¿O era al contrario? ¡Qué más daba!
Esperó impaciente a su compañera.
- Ya estoy
lista. Vámonos al patio.
- ¿Por dónde
se aparece? -insistió, cogiéndola del brazo.
- Por la
calle del Manantial. Ya al final. En la cantera. A la salida del pueblo.
- ¿Por la
calle del Manantial? -repitió aterrorizada. Pero si esa calle está cerca de la
mía.
Por las
escaleras de acceso al patio de recreo se encontró con un rostro familiar. Se
le acercó.
- ¿Te has
tomado ya el bocadillo? - le preguntó solícita su hermana.
- Sí, sí
-mintió.
No se
encontraba con ganas para dar muchas más explicaciones. Necesitaba digerir esa
última información. Necesitaba tranquilidad para urdir una estrategia. No
quería interrupciones. Un fantasma cerca de su casa… ¡Peligro inminente!
Se sentaron
en el banco. Eloísa a lo suyo. Devoraba con fruición un trozo de pan de canto
con aceite y azúcar. Lo acompañaba de una onza de chocolate. La niña también
estaba a lo suyo. Con la mirada perdida andaba buscando soluciones para eludir
la fantasmagórica visión. Unas amigas de
juegos se acercaron.
- ¿Os venís a
jugar a la goma? -les pidió Antoñita mostrando orgullosa una blanca, ancha y
reluciente goma de varios metros, que habría cogido de la pasamanería de sus
abuelos.
- Yo, no. Aún
no me he comido el mollete -alegó a modo de pretexto.
- Yo, sí
-afirmó Eloísa mientras deglutía el último bocado.
¡Para gomas
estaba ella! Absorta en sus pensamientos, vio sin mirar cómo Eloísa se marchaba
siguiendo la estela del mecanismo casero. Y vio sin mirar cómo desplegaban el
mecanismo, se lo pasaban por los tobillos y se ponían a la tarea de cada día.
Otra chica saltaba en el centro realizando piruetas. Esas piruetas que tanto le
gustaban. Ni siquiera sintió la tentación. Ahora tenía un reto mayor. Se le
hacía inacabable el recreo. Ni quería jugar ni podía pensar. El miedo había
atenazado sus neuronas y paralizado su raciocinio. Presentía que la mañana se
le haría interminable. Se le hizo. ¡Menos mal que la sor no la había sacado a
la pizarra! Estaba segura de que no hubiera dado jota con pelota. Por lo menos
se había librado de un negativo. No todo iba a ser nefasto ese día.
De regreso a
casa, su hermana la notó muy callada.
- ¿Qué te
pasa? ¿Estás enferma?
- Nada. No me
pasa nada.
- ¿Te ha
regañado Sor Ángela?
- No. No he
hecho nada malo, ¿por qué me iba a regañar?
- Pues tú
estás rara. Le diré a mamá que te ponga el termómetro.
Ya en el
portal se encontraron con sus hermanos. Aprovechó el bullicio para zafarse bruscamente
de su cadena fraternal. Se hallaba muy excitada. Le faltaba tiempo para
informar a su madre. Quería sacarla de su error. Los fantasmas existían. Y uno
se había instalado en su pueblo. Tenía que saberlo. Había que protegerse ante
una posible visita. Se empinó y tocó con
los nudillos la enorme puerta de madera de roble. No llegaba a la aldaba.
Alguien se le adelantó y la hizo sonar por encima de su diminuta figura.
- Mamáa, mamáaa.
Abre. Tengo que decirte algo muy importante. ¡Abre pronto!
El portón que daba entrada a la vivienda se
abrió. Sus hermanos entraron a saco hasta la cocina. Ella se esperó. Con un tirón
de la falda llamó la atención de su madre, que miraba y saludaba a su nutrida
prole.
- Hay un
fantasma en el pueblo. ¿Lo sabías? Y es de verdad. De carne y hueso. Y vive muy
cerca de aquí -dijo mientras le daba un beso. ¡Muy cerca de aquí!
- Pues
tendrás que comer más si has de vértelas con un fantasma de carne y hueso -
expresó la madre con ironía-. Anda, entra y lávate las manos, que vamos a
almorzar pronto. En casa estarás segura. Aquí no vendrá ningún fantasma.
¿Segura en
casa? Pero qué decía su madre… En esa casa antigua nadie podía estar jamás seguro.
Ni los pequeños ni los mayores. ¿Ya se había olvidado del día en que oyeron
pasos de madrugada? Todos se levantaron. Su padre capitaneaba el grupo. Uno de
sus hermanos incluso agarró el sable viejo de un tatarabuelo; otro, una
escopeta de plomillos. Hasta su madre se levantó. Resultó ser un gato el que
andaba merodeando por las escaleras.
Todos rieron al verlo, pero el susto que habían pasado no se lo quitaba nadie.
Esa casa no era segura. Su madre tenía que saberlo porque ella, que era muy
pequeña, lo sabía. Tal vez creyera
que era segura por las dos fuertes y enormes puertas de acceso. Tan grandes y resistentes como las de
los castillos medievales de sus cuentos de hadas. La de la calle, del color del
alquitrán y rematada con clavos, era el primer impedimento con el que se
encontraban los extraños. Parecía inexpugnable. Pero esa puerta nunca se
cerraba durante el día. ¿Cómo podría garantizarle su defensa una puerta siempre abierta de par en par? Su
padre era el culpable. Bueno, su padre no. ¡Qué culpa podía tener quien sólo
pensaba en trabajar y trabajar para mantener a toda esa numerosa descendencia!
La culpa la tenía su profesión. Pasaba consulta también en casa. El
despacho-clínica tenía una puerta independiente con acceso al zaguán. Los
pacientes podían llegar en cualquier momento y las vías tenían que estar
despejadas. Se cerraba bien entrada la noche y con todos dentro, pero durante
el día era como el que tiene un tío en “Graná”, ni tiene puerta ni tiene “ná”. También
era sólida la de entrada a la vivienda. Más fiable. Pero había muchos niños sueltos
en casa. Entraban y salían de continuo. Se la dejaban abierta con frecuencia
sin hacer caso de las recomendaciones maternas. Uno que se iba, otro que
entraba… ¡Nada! ¡Que no!, que esa casa no era segura. Los muros eran gruesos,
eso sí. Difícil se lo pondrían a los fantasmas. Les iba a costar mucho
filtrarse por las paredes. Pero…si conseguían entrar por cualquier resquicio,
no faltaban recovecos y estancias desprotegidas
donde esconderse. Ahí estaba el desván.
El siniestro desván… ¡Uff! .Con su
esqueleto y todo franqueando la entrada. Para que no le faltase de nada. Pertenecía
a su hermano mayor. Lo necesitaba para aprender anatomía. ¿No podía estudiarla
en los libros como hacían en su colegio? Lo habían sacado de un osario de la
iglesia. Lo descubrieron debajo del coro cuando buscaban un tesoro. Un vecino
del pueblo tuvo un sueño. Soñó con el tesoro y con el lugar. El cura lo creyó.
Cavaron. Y encontraron huesos y más huesos del año de Maricastaña. Taparon el
osario. Sólo se quedó entre los vivos su pesadilla ósea. A su hermano se lo dio
el párroco. Todo legal. Y allí estaba la osamenta presidiendo la entrada al
desván. Era su cancerbero. Se había quejado una y mil veces. No quería verse
las caras con aquel engendro. No le hacían caso. ¡Eres una miedica! Hay que
tenerles miedo a los vivos. Le repetían sus padres una y otra vez. Con eso lo arreglaban.
Pero el arcaico esqueleto seguía allí inmutable para amargarle sus días y sus
noches. Y era una miedica, sí, pero también la que más visitaba aquella
buhardilla hostil. En ella guardaba su
madre de todo: conservas, frutas, embutidos de la matanza. .. De todo. Siempre
necesitaba algo y siempre le tocaba a ella subir. Se escabullía cuando podía, pero
la mayoría de las veces no encontraba forma de escabullirse. Entonces subía
temerosa las escaleras mirando a diestro y siniestro, y para atrás, tarareando
cualquier canción para apartar sus miedos. A cada paso, llamaba a su madre para
asegurarse de que alguien sería testigo de su muerte. Porque sabía que nadie
podría socorrerla si aquel esqueleto medio desmembrado cobraba vida. No había
día en el que no realizase tamaña proeza. No había semana en la que no arriesgase
su vida en varias ocasiones. Y ningún mayor atendía a sus súplicas. Se reían.
¡Claro!, como ellos no afrontaban ese martirio diario. Ya le hubiera gustado
verlos en su lugar… Seguro que
habrían mandando al huesudo esqueleto a dormir de nuevo el sueño de los justos.
¿Y las puertas? Aquella casa tenía puertas a porrillo. Estuvieras donde
estuvieras siempre había una puerta fuera de la vista. Puerta por aquí, puerta
por allá, puerta arriba, puerta abajo…una, dos, tres y casi cien. Nunca podías
tener las espaldas cubiertas. Si una casa con dos puertas cuesta guardarla,
¿cómo podría guardarse una casa así? ¿Y
la terrorífica y sombría despensa?
Cuajada de tinajas enterradas en el suelo con bocas tan enormes como la del ogro
de Pulgarcito. Su madre no la utilizaba, porque los tiempos habían cambiado. Pero
allí estaba ella sobreviviendo con una única misión: la de inquietarla. Y el
pozo y los patios altos. Siete llegó a contar. ¡Demasiados! No, no le gustaba
esa enorme casona vetusta y espeluznante. ¿Por qué no vivían en una casa tan
recogidita como la de Carmen la
Telesfora? Sólo una habitación multiusos, una planta y una sola puerta de entrada.
Sin zaguán. Todo a la vista. Allí no había abertura, esquina o pared que no se
controlara. Esa sí que era una casa como Dios manda. Una casa segura. Lo que
daría por vivir en una casa como la de Carmen. Lo decía. Nadie atendía sus
ruegos. Como era pequeña, sencillamente la ignoraban.
La tarde en el colegio sólo tuvo tintes
navideños. Su monja profesora les programó todas las actividades. Villancicos,
belenes y una obra de teatro. Le dio un papel. Pequeñito, sí. Una frase.
Suficiente. ¡Qué ilusión! Era un reto. “Soy un pastorcito y vengo a adorar al
Niño Dios”. ¿Sería capaz de actuar sin ruborizarse? Le daba corte. Su debut
como actriz ocupaba toda su atención. El fantasma de la cantera quedó relegado.
Puso empeño en representar bien su papel.
No pudo ser. Se aprendió la frase, le salía bien en los ensayos, pero el
día del ensayo general se fastidió el asunto. Se rió y no pudo soltar ni una
palabra. ¡Menuda pinta tenía con aquella zalea, aquella barba y aquel bigote!
Como para no reírse… Sor Ángela se
enfadó y le quitó el papel. Jesusito lo haría. Otra vez Jesusito. ¡Su enemigo!
¡Su “chafador” de planes! ¡Qué humillación! Tú serás el ángel- le dijo la
monja. Mera decoración. Era duro. Lo
superó. Al fin y al cabo estaba más
guapa así. Con sus alitas y su túnica blanca y dorada. No hay mal que por bien
no venga -pensó.

Pasó la
Navidad entre zambombas, juegos, mantecados y regalos de Reyes. Muchas
ocupaciones y muchas alegrías. Tras ella, el gélido invierno fue abriendo paso
a la primavera. Los días iban haciéndose más largos y los juegos en la plaza se
multiplicaban. Olía a azahar y el sol llenaba de esperanza su pueblo. Se había
olvidado del fantasma. Los ruidos ya no eran susurros ni lamentos. Las sombras
no denotaban presencias de ultratumba. La luz lo llenaba todo de júbilo. Sólo
alguna vez, cuando avistaba la calle del Manantial, sentía un repelús
instantáneo al recordar a su temible
enemigo. Apartaba los ojos de la calle y ¡chas!, ya no había fantasma. Ese era
su truco.
Las zambombas
fueron abriendo paso a los tambores. Así, poco a poco. Sin brusquedades. Se
acercaba la Semana Santa. Un día, después de la comida, su madre se dirigió a
sus hermanas.
- Mañana vamos
a ir la modista. La niña también viene. Id pensando en la hechura de los
vestidos. En la estantería de la salita tenéis los figurines.
- Bien, bien,
a la modista –dijo la niña rebosante de júbilo.
- A las
cuatro, todas preparadas. Nos recogerá Serafín.
- ¿Serafín también
vendrá a la modista? -preguntó inocentemente la niña.
- Anda, anda,
pero qué preguntas tan tontas haces -dijo una de sus hermanas-. Nos llevará en
su coche. Vamos a la ciudad.
- ¿A la
ciudad? - preguntó con ojos de espanto.
- ¡Claro! A la ciudad. Allí es donde vive la modista de
mamá.
¡Tate! ¡El
fantasma! Sí o sí, había que pasar por el lugar de marras. La calle de El
Manantial era la única salida del pueblo. ¿O vestido o fantasma? Si iba, se
moriría de miedo. Si se quedaba, no habría vestido que estrenar para el Jueves
Santo y se quedaría sin mano*. Su madre le había dado el día, y sobre todo, la
noche. ¡Ea! Ya estaba el fantasma rondándola. Otra vez el dichoso fantasma. Y
ahora, ¿qué haría? Por lo pronto ya le habían amargado la noche. ¿Cómo iba ella a dormir tan
pancha sabiendo la amenaza que la acechaba? Primer objetivo: salvar la noche. No
quería dormir sola en su cama. En cualquier sombra apartada podría irrumpir el
espectro. Segundo objetivo: sobornar a una de sus hermanas para que la
acogiese en la suya. Le costó un billete de cinco pesetas recién salido del
banco. Lo tenía guardado como oro en paño desde que se lo regalara su hermano
mayor el día de su santo. Y ahora pasaría a manos ajenas. Y todo por el maldito
fantasma. Al menos, dormiría tranquila, aunque sus ahorros se consumieran. Bien
perdidos estaban.
Al día
siguiente se pusieron todas muy guapas, vestidas de domingo. Su madre estaba
deslumbrante. Era alta y esbelta y de rostro muy agraciado. Aunque siempre
andaba arreglada en casa, no era lo mismo. Cuando salía embutida en su
maravilloso traje negro entallado, parecía una actriz de Hollywood. Los pocos convecinos
que circulaban por la calle la miraban con admiración y con sorpresa. No era su
madre asidua de esos parajes. Muchos hijos y su tendencia a la intimidad la mantenían fiel a su hogar. Sólo en
contadas ocasiones se la veía lucir su belleza por las calles. Las visitas
estacionales a la modista era una de ellas.
- Mamá, estás
muy guapa. Eres la madre más guapa de todos los pueblos del mundo.
- Y ¿cuántos
pueblos del mundo conoces tú?
- Por lo
menos…, por lo menos, ¡seis!, - exclamó la niña después de contar con los
dedos.
- Anda, anda,
que eres muy zalamera y muy exagerada. Tú sí que eres bonita.
Se oyeron golpes
en la puerta. Mientras las mayores cogían sus bolsos, la niña corrió a abrir el
pesado portón.
- Buenas
tardes, niña. ¿Está tu madre?
- Sí, ya
viene. Mamáaa, Serafín.
Salió la
madre escoltada por sus dos mujercitas. La niña presidía el cortejo. Calzaba
sus zapatos de domingo con sus calcetines blancos. La melena a tirabuzones se
recogía con un hermoso lazo azul a juego con el color del vestido de organdí
con manguitas de farol. Se completaba el atuendo con una rebeca blanca de
croché. Su hermana mayor tenía una habilidad especial para labores y no
había nada que se le resistiera. Le
gustaba hacerle vestidos y rebecas y calcetines. Siempre la arreglaba como si
fuera una muñeca. ¡Qué guapa iba! Se lo había dicho su padre. ¿Dónde va hoy tan
guapa mi niña? Y ella se había puesto muy contenta.
El coche estaba aparcado en
la misma puerta. Quiso sentarse detrás con su madre, pero ya estaba decidido que
ella iría de copiloto. Por consenso unilateral. Nadie había contado con ella.
No quería ir allí. Se negó con todas sus fuerzas. Nada pudo hacer en contra de
la firme decisión de las tres mujeres. No entendía a los mayores. ¿No era más
lógico que ella, que ocupaba menos sitio, fuera detrás? De esta forma estarían
todas más cómodas. Pues no. Por alguna oculta razón, ella tenía que ir junto al
chófer, divisando todo el panorama. Y eso era lo último que quería en el mundo.
- Tú, delante.
Con Serafín. Se acabaron las discusiones -ordenó enérgica su madre.
Se calló. No
le serviría de nada protestar. Su lugar en el coche estaba sentenciado. No iba
a gastar energías en balde. Tenía que concentrarse en su problema. ¿Cómo rehuir
la visión de los lugares por donde, llegada la noche, transitaba el fantasma? Cerraría
los ojos, pero… la vería Serafín. ¿Y si le preguntaba? Tendría que explicarle
por qué lo hacía. Y no quería. No quería que nadie más, fuera de los muros
familiares, supiera de sus temores. Le daba vergüenza mostrarse vulnerable en
público. Mucha vergüenza.

El coche bajaba despacio la pendiente que conducía hacía
la salida. La niña miraba al frente sin inmutarse como si llevara orejeras
invisibles. Cada vez sentía más cerca el temido lugar. No quería mirar, pero
miró. Era de día. No habría fantasma, aunque le bastaba con saber que ese era
el lugar habitual por el que se movía. Involuntariamente miró a la cantera.
Iluminada por la luz del sol, no parecía el lugar idóneo para fantasmas. Además
se veían hombres en atuendo de trabajo. Había animación. Allí no podía vivir un
fantasma. A esas horas no. Suspiró aliviada. E instintivamente miró a la acera
de enfrente. Y vio la casa, la casa por donde decían que desaparecía la visión.
Una casa pequeña, desvencijada, de dos plantas. No tenía balcones. Sólo ventanas
diminutas. Con rejas llenas de orín. La madera, carcomida. La cal blanca de la
pared se había vuelto casi marrón y toda ella se hallaba plagada de
desconchones. ¡Qué horror! Allí no podía
vivir nadie. Era imposible. ¿Por dónde entraría el fantasma? ¿Y por qué
precisamente siempre merodeaba por esa casa y no por otra? No le encontraba explicación. ¿Será el azar?
¿O tal vez vivió otra vida dentro de aquella casucha? ¿La habitará alguien? Si
viviera alguien en aquel insignificante y ruinoso habitáculo, ¿quién podría ser?,
¿qué aspecto tendría? Sintió curiosidad.
Los mayores lo sabrían. Si preguntaba, delataría su miedo. Además no le iban a
prestar atención. Estaban en sus cosas. Que si las mangas, que si el talle, que
si la moda… Pero quería saber… La curiosidad la mataba como al gato. Se
envalentonó.
- Mamá, en esa casa dicen que entra el fantasma de la
cantera - lo soltó esperando algún rapapolvo-. ¿Vivirá alguien allí?
Ninguna de las mujeres respondió. O no la escucharon o no quisieron
oírla. Estaban metidas en sus hechuras. Sólo Serafín se hizo eco de sus
palabras.
- Claro que vive alguien. Ahí vive Mariquita la de
Engracia. Y que yo sepa no se queja de las visitas del fantasma -dijo
guiñándole un ojo-. Tiene que ser un fantasma dadivoso y bonachón.
No entendía nada. ¿Un fantasma bonachón? Estos mayores
definitivamente estaban locos. Los fantasmas de sus cuentos eran malos.
Llevaban cadenas. Hacían ruidos infernales. Su apariencia era terrorífica. En
ninguno de sus cuentos la gente se alegraba de su presencia. Es más, se horrorizaban.
Incluso sufrían ataques y morían o desaparecían. Nadie quería vivir con
fantasmas. ¿Y Mariquita la de Engracia era feliz con esas visitas?
- Anda, niña, no seas pesada. Deja tranquilo a Serafín.
¿No ves que va conduciendo? Serafín, no le haga caso. Anda obsesionada con el
fantasma. Lee demasiados cuentos de miedo y los chismes que corren por el pueblo encuentran caldo de cultivo en su
febril imaginación- dijo su madre.
- No pasa nada, señora. Los niños son muy susceptibles
ante este tipo de consejas. Y últimamente se habla mucho de este tema en el
pueblo. Ellos no tienen maldad y no entienden las intenciones que pueden
ocultarse debajo de una sábana.
- Sí, sí. Eso
es cierto- dijo su madre sonriendo.
Las hermanas
también sonreían, aunque algo azoradas. La niña lo notó.
- Os
habéis puesto coloradas. ¿Por qué os sonrojáis? Quiero saberlo…
- Cállate
ya, charlatana. Y mira al frente, que te vas a marear y no hemos echado ninguna
bolsa- la exhortó la madre.
Y
calló. Y miró al frente e intentó olvidar. El campo se abría a sus ojos. El
paisaje la embriagaba. Las hileras de olivos sistemáticamente dispuestas
corrían a su paso. Nunca desaparecían. El verde aceituna contrastaba con el
color grisáceo de las lomas y con el blanco albar de los almendros
florecientes. Todo un espectáculo. Olivos, olivos y más olivos. Pararon en el
paso de nivel. Las cadenas estaban echadas. Un hombre bajo y regordete, tocado
con una gorra, agitaba una banderola roja. Era Rafael, el compadre.
- Buenas
tardes, señora. Hola, niñas. Me alegro de verlas. ¿Dónde van Uds.? Elviraa,
ven, la familia de Don Remigio- precisó mientras vociferaba a su esposa.
-
Vamos a la ciudad, Rafael. ¿La familia bien?
-
Aquí las tiene a todas. Muy bien. ¿Y don Remigio? Dele recuerdos. Nos veremos
en Semana Santa. Subiremos el Jueves Santo.
Se acercaron al coche dos muchachas de muy
diferente edad. Detrás asomaba la cara de la señora Elvira. La mayor, Carmen,
era alta y llenita. Tendría unos quince años y estaba ya en edad de merecer. De
cara redonda, irradiaba la misma bondad que su padre y el mismo olor a Maderas
de Oriente que su madre. Tenía la tez rosada y aterciopelada como el melocotón.
También en esto había salido a la madre, que las saludaba, mientras se secaba
las manos en el delantal. La pequeña, Sierrita, delgada y muy espigada, se
arrimó a la ventanilla delantera y cuchicheó algo al oído de su amiga. Pasó el
tren y silenció a su paso las palabras. Serafín metió la primera e hizo ademán
de emprender la marcha. La familia se apartó del Ford negro. El coche siguió su
camino entre despedidas.
- Adiós. Nos vemos en las fiestas. Que
tengan Uds. un buen viaje –dijo la familia al unísono.
-
Adiós, hasta la vista- contestaron los viajeros.
Rodaron un tiempo en silencio. La niña
pensaba en la oferta de Sierrita. Por supuesto que sí. Pasaría con su amiguita
del alma los últimos días de las fiestas. Le gustaba aquella casa perdida entre
olivares. Y le gustaba aquella familia. Ya encontraría la forma de convencer a
sus padres. La encontraría. Pronto asomó la ciudad tras la penúltima curva. La
niña se relamía pensando en lo que significaba eso. Vestido nuevo, sí, pero,
sobre todo, chocolatinas, muchas chocolatinas. Chocolatinas tan grandes como monedas de cinco pesetas, pero más
jugosas y apetecibles. Y caramelos. Le gustaban los que simulaban naranjas y
limones con sus gajos correspondientes. ¡Le gustaban mucho! Su padre siempre le
traía alguno cuando iba a la ciudad. Siempre.
Serafín
paró en la puerta de una confitería donde una mujer conocida las esperaba. Era
Matilde, la novia de su hermano mayor. Una joven alta y morena, con muy buena
compostura. Ella la quería. Era noble y cariñosa. Y además sabía ganársela. No
había vez que no le regalase chocolatinas. A su lado, su hermano mayor, muy
atildado, que iba todos los días a verla para pelar la pava. Las acompañaron
todo el tiempo. MatiIde incluso la ayudó a elegir sus zapatos veraniegos de
pulserita. Muy bonitos. Cuando terminaron sus gestiones, regresaron a la
tienda. Su futura cuñada le tenía preparada una bolsa de chucherías. Mientras
los mayores hablaban de sus cosas en la trastienda, sentados alrededor de una
mesa, la niña saboreaba sus chocolatinas. Tocó el paquete y vio por el grosor
que quedaban pocas. No comería más. Serían para su padre. Quería
corresponderle. Ellas ahí, divirtiéndose. Y su padre en el pueblo trabajando
para mantenerlas. No le parecía justo. Salió a jugar a la puerta con su paquete
bien agarrado. No lo soltaba. Al rato la
llamaron.
- Vamos,
niña, despídete, que nos marchamos.
Los
padres y las hermanas de Matilde también salieron a despedirlos. En la calle,
aparcado a pocos metros de la puerta, se hallaba el Ford. Serafín de pie, a su
lado, le daba las últimas caladas a su celta corto.
- Tú
te sentarás conmigo detrás -decretó su madre.
-
¿Y quién irá delante? - preguntó la niña.
-
Nadie. Tu hermana regresará en la vespa con Remigio. Esta vez Serafín se
quedará sin copiloto parlanchín.
¡Qué
bien! Ahora se iba a librar del panorama espectral que la aguardaría al entrar
en el pueblo. Porque llegarían de noche y no le hacía ninguna gracia contemplar
aquella zona sumida en sombras. Se acomodó al lado de su madre y se recostó en
su regazo. Así lo hacía muchas tardes, saltando sobre su falda, cuando su madre
se sentaba en el salón tras los visillos para descansar de las tareas
domésticas. Era el momento mágico del día. Ansiaba que llegase ese oasis
maternal, que a ella tanta paz y amor le daban. Siempre se dormía, aunque no
estuviera cansada. Ahora sí lo estaba. La tarde había sido agotadora. No sabría
decir cuándo la venció el sueño, pero se durmió. Un zarandeo en el brazo la
volvió a la realidad. Estaban en casa. Salió del coche trastabillando y corrió
al encuentro de su padre.
- Papá,
mira, te he traído un regalo. Toma -le dio la bolsa de chocolatinas a la par
que le daba un beso.
-
¡Vaya! Esta bolsa debía llevar un ratoncillo incorporado. Se las ha comido casi
todas - dijo el padre en tono burlón.
-
Todas no, papa. Te he dejado la mitad. Es que no pude aguantarme…
-
Gracias, bonita. Eres una niña muy generosa. La mitad… son demasiadas para un
viejo como yo.
-
Tú no eres viejo. Aunque seas calvo, no eres viejo. Además eres muy guapo. Tan
guapo, tan guapo como Yul Brynner.
-
¡Huy!, ¡huy! Algo busca mi niña con tanto piropo.
- ¡Ah!,
papá, una cosa…Sierrita me ha invitado a pasar en su casa de la estación los
últimos días de las vacaciones. ¿Me dejarás ir? –preguntó acariciándole la
cara.
-
Lo hablaré con tu madre. Ya sabía yo que tanta zalamería me iba a pasar factura
–dijo sonriéndose.
En
su casa ya olía a roscos y a madalenas. El trajín en la cocina era continuo.
No cabía tanta gente allí, pero todas las mujeres estaban atareadas. Y los
niños no dejaban de entorpecer. Ellos ayudaban, sobre todo a que las fuentes
perdieran altura. Manos pequeñas que se deslizaban furtivas entre las mesas y
manos blancas de harina que las retenían. Una auténtica batalla. Cuando se
acabó de emborrizar el último rosco, la cocina se despejó y todas sus moradoras
acudieron a adecentarse y a vestirse de gala. Por la tarde salía la procesión
de la Vera Cruz. Toda la familia estrenaría sus trajes. Ella se arregló la
primera y esperaba al resto de las mujeres sentada en el escalón. Pensaba en
las imágenes de la procesión. Hoy saldrán tres. Contó con sus deditos. El
crucificado, su madre la Virgen de los Dolores y San Juan. ¿San Juan otra vez?
Siempre iba en todas las procesiones. A la niña le sorprendía que este santo
estuviera hasta en la sopa. En su libro de Historia Sagrada decían que era el
apóstol más joven. ¡Claro! Ahora lo comprendía. Se cansaba menos. Por eso
callejeaba tanto. Había otra cosa que no le cuadraba de las procesiones. El
jueves salía Cristo crucificado, o sea, muerto. Y al día siguiente El Nazareno,
vivito y coleando, aunque muy magullado. ¡Eso no era normal! Si está muerto
hoy, ¿cómo va a estar vivo mañana sin haber resucitado siquiera? Estos mayores
organizaban las cosas sin pies ni cabeza. Se equivocaban una vez y repetían el
error, porque a medianoche sacaban de nuevo una cruz, acompañada por penitentes,
que paseaban las calles en el mayor de silencios y en la más agónica oscuridad.
Esa procesión la estremecía. ¡Daba miedo! Alzó los ojos y los vio. Los
compadres y sus hijas. Se acercaban calle arriba acompañados de amigos y
conocidos de la estación. Venían andando al pueblo para cada fiesta. El Jueves
Santo nunca fallaban.
- Hola,
guapa. ¿Están tus padres en casa?- preguntó la señora Elvira.
- Sí,
están terminando de arreglarse.
- Mamá,
papá, los compadres -avisó con alegría.
-
Hola, Sierrita. ¡Qué vestido tan bonito llevas!
-
Lo estoy estrenando. El tuyo también es muy bonito.
Sus
padres salieron a recibirlos. Ahora repetirían el ritual de cada visita. Se
cambiarían el calzado, se asearían un poco y tomarían café con roscos y magdalenas
recién hechas. Se preguntarían por la salud y se intercambiarían piropos. Los
que saldrían mejor parados serían los niños. Cada año más guapos y más altos. Y
después irían a visitar a otros amigos y parientes con un agregado familiar más.
- ¿Has
preparado la ropa?- le preguntó Sierrita.
-
Sí, ya lo tengo todo listo. ¿A qué hora nos iremos?
-
A medianoche, cuando salga de la Iglesia la procesión del Silencio.
- ¿Tan
tarde? -preguntó pasmada-. El año pasado nos fuimos antes.
-
Sí, es verdad. Pero las cosas han cambiado.
-
¿Qué ha cambiado? Las procesiones son las mismas y tus padres nunca han visto
la del Silencio.
-
Es que tenemos novedad –dijo Sierrita con cara de pilla-. Mi hermana tiene un
pretendiente, que pronto será su novio y tienen que hablarse.
-¿Y
no se pueden hablar otro día?
-
No, porque el pretendiente vive en la ciudad y sólo la visita los días de
fiesta.
Otro
imprevisto. No contaba ella con el pretendiente. Y ahora, ¿qué haría? ¿Verle la
cara a su horripilante enemigo? ¿Enfrentarse a él? Porque ya no había
escapatoria. Si se marchaban tras la salida de la procesión, serían más de las 12
de la noche, e irremediablemente se iban a topar con el perverso fantasma. Y
para colmo de males, las luces estarían apagadas. Y todos los flancos descubiertos.
Serían un objetivo fácil para el malvado. Le quedaba una opción: fingir un
desmayo o un dolor de cabeza o de tripa y zafarse del compromiso. Pero eso no
estaba bien. No quería mentirle a su amiga. Ni a sus padres. Eran muy buena
gente y no se merecían su traición. Bueno, iría, pero alertaría a la familia de la presencia de tan infame
aparición. Porque a ellos también podría hacerles daño y eso no lo podía
permitir. Había que estar alerta y preparados para lo peor.
- Sierrita,
en el pueblo hay un fantasma.
- ¿Un
fantasma?
-
Sí, un fantasma. ¿Tus padres lo saben? Sale por la cantera, a medianoche.
Cuando vayamos para tu casa nos lo vamos a encontrar. Ya verás. Díselo. Igual
no lo saben.
-
No, mis padres no lo saben, pero luego se lo decimos para que cojan palos y nos
defiendan. Iremos muchos. Un fantasma solo no podrá contra tanta gente.
-Vale.
Yo me llevaré la escopeta de plomillos de mi hermano. Y se la daré a tu padre
para que lo mate.
Quedaban
aún muchas horas de asueto y diversión. ¿Para qué pensar en el futuro? Sus
planes inmediatos eran otros. Se compraría unos camarones, un trocito de coco y
tiraría a las cañas de azúcar con aquellas mugrientas monedas de bronce viejo.
Casi siempre conseguía clavar una en la ranura de la caña, y cuando lo conseguía,
la vitoreaban los mayores. Además le gustaba lucir su caña mientras andaba de
acá para allá entre velas, tambores y pisotones. De tarde en tarde preguntaba la
hora e iba restando una más a su vida. Se había encerrado ya el Cristo de la
Vera Cruz y faltaba muy poco para que el
centro del pueblo se sumiera en la más profunda de las penumbras. La salida del
Silencio se vería desde su casa. Así se había decidido. Allí se reuniría el
grupo venido de fuera. Rafael era el jefe de la comitiva y había fijado la hora
de partida y el lugar de reunión. Filas y filas de penitentes ataviados con sus
capirotes negros y sus túnicas a juego acompañaban con el mayor de los mutismos
la cruz de madera, que acababa de aparecer por la puerta trasera de la
Parroquia. Sólo la luz de los cirios prestaba alguna tenue claridad a aquel
funerario cortejo. La niña no sabía dónde meterse. La conmocionaba aquel
escalofriante desfile. Pensaba que, debajo de aquellas túnicas, podría
esconderse algo aterrador. ¿Y si estuviera el fantasma y saliera de pronto y
posase sus esqueléticas manos sobre sus endebles hombros? Cerraba los ojos para
no ver nada, pero la imagen de esa escena tremebunda se había grabado en su cabeza
y la torturaba.

- Dice
mi padre que cojas tu ropa, que nos vamos a marchar.
Abrazó
con fuerza a los suyos, como si no los fuese a ver nunca más. Y, como reo
camino del cadalso, se sumó al grupo totalmente abatida. Caminaba con desgana,
pero se aseguró la protección. Se agarró fuertemente al brazo de la comadre,
adherida a su costado y sin levantar los ojos del suelo. La comitiva iba
dispersa. Los chicos, todos juntos charlando y jugando. Los hombres, comentando
las novedades y las mujeres, en animada conversación. Hasta Sierrita se reía.
¿Ya se le había olvidado el horrible destino que las aguardaba en la cantera?
La mortecina luz de las linternas, lejos de sosegar su espíritu, aumentaba más
su congoja. Miró de soslayo y contempló la cantera en tinieblas. Y entre las
aristas rocosas, le pareció ver que asomaba una sábana fluorescente con figura humana
que extendía sus brazos hacia ella para llevársela a las grutas más
espeluznantes de los lugares más tétricos del mundo. No pudo controlarse más.
Su entereza se volatilizó y también su timidez. Y empezó a llorar a moco
tendido y de forma desconsolada. Rafael la cogió en sus brazos.
- ¿Qué
le pasa a esta muñequita?
- Tengo
miedo. Hay un fantasma en la cantera y va a matarnos a todos –dijo la niña con
voz entrecortada.
La
muchachada rió. Se reían de ella. Lo sabía. Pero, si los mataban, se les iban a
quitar las ganas de reír.
. - No llores, bonita. A ti nadie va a hacerte daño. Yo te defenderé. Somos muchos
y los fantasmas son muy cobardes. Si se le ocurre aparecer, le quitamos hasta
la sábana y dejaremos al descubierto sus vergüenzas.
- ¿Y
si se va volando? Vosotros no podéis volar.
- Lo
agarraremos bien y no levantará el vuelo. Te lo aseguro. Somos un ejército. No
podrá con nosotros.
La
niña lo miró con admiración mientras el compadre seguía hablándole.
- ¿Has oído alguna vez ladrar a los perros?
-
Sí, sí. Mi Pocholo me ladra siempre.
- ¿Y
por qué crees que ladra?
-
Para asustarme, morderme y matarme- aseveró gimiendo.
- No,
no. No es por eso. Los perros no ladran para asustar. Ladran porque son ellos
los que sienten miedo. A los fantasmas fantasmones de este pueblo les pasa lo
mismo que a los perros. Debajo de la sábana esconden una debilidad y temen que
alguien la descubra, por eso tratan de amedrentar a las personas con su sábana,
sus alaridos y sus misteriosas luces. Pero, en realidad, son ellos los que
tienen miedo. Las apariencias engañan, chiquita, y estas extrañas apariciones
aún más. Algún día lo comprenderás.
-
Pero a mí me asustan…
-
Mientras estés conmigo, no tienes nada que temer. Le quitaremos la sábana y lo
haremos correr hasta que se pierda en el infinito y más allá.
La
niña sonrió, le dio un beso en la mejilla y se abrazó al cuello de aquel hombre
valiente, rechoncho y bueno, que se había convertido en su salvador.
Lo
que la niña ignoraba es que el fantasma tenía nombre y apellidos. Y mujer. Y
cuatro hijos. Y tres amantes. Y una cartera prodigiosa de donde salía el dinero
para la manutención de varios huérfanos en aquellos años de pobreza. Lo que la niña
ignoraba es que el ciudadano ejemplar de misa y comunión diaria era como el Don
Guido machadiano, un fantoche calavera, que, temeroso de que su vida lasciva y
pecadora saliera a la luz, cubría su rostro cada vez que visitaba a una de sus
queridas. Lo que la niña ignoraba es que ese cacique meapilas pagaba la carrera
sacerdotal de dos jóvenes seminaristas esperando que algún día ese gesto
ayudase a salvar su alma y lo librase de arder en las calderas de Pedro Botero.
Todo el pueblo lo sabía, salvo la niña que lo ignoraba todo.
Pero…
algún día esa niña se haría mujer. Se daría de bruces con el mundo, y llegaría
a descubrir que el miedo es la herramienta más eficaz que los poderosos emplean
para controlar al pueblo, para dirigir su atención al dedo, mientras que ellos
le roban la luna. Y ese día el miedo sí sería auténtico terror. Y estaría
justificado. Y tal vez entonces faltaran valientes como Rafael, dispuestos a
enfrentarse a la cruda realidad y a defender heroicamente a los indefensos.
MjH
* Alusión al refrán "Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos", alterado en la mente infantil porque en su casa era tradición lucir la ropa nueva el Jueves Santo.